Empiezo a percibir cierta agresividad en las autoridades públicas para convencernos a los no vacunados de que cambiemos de opinión, y ya parece que se está superando esa habitual primera fase de “poli bueno, poli malo” que hay en todo interrogatorio y/o tortura que se precie.
Ya saben, al principio aparecía el presi del Gobierno o de la autonomía, animando a los ciudadanos en plan coleguita, apelando a la solidaridad y a que esto lo superamos entre todos y aplausitos a las ocho como si fueras el primer cliente en entrar en una nueva tienda Appel y chorradas así.
Pero, ante los pobres resultados, las administraciones parecen haber pasado a “código rojo”, aplicando el mismo protocolo que utilizan las entidades bancarias en materia de comisiones, en el que te ofrecen la alternativa de pagar las comisiones que se inventan o recibir una patá en los cataplims y luego pagar las comisiones que se inventan.
Si se lo están pensando, mejor la primera, y que conste que no lo digo por experiencia, que yo siempre he querido llamarme Gertrudis.
Quizá les parezca exagerado, pero el otro día hasta vino la Policía Local a preguntarme por qué no me había vacunado. Y no es que me pareciera mal, pero cuando les vi vestidos de luces, con el capote y la torera, y el que parecía un subalterno levantó sobre su cabeza las dos jeringas a suerte de banderillas, con esas agujas tan grandes, mientras me jaleaba al grito de “ ¡Hiji negacionista, hiji!", me dio como cierta congoja.
Si bien es verdad que la superé en cuanto vi a otro subido en el caballo vestido de picador y al maestro preparando el estoque. Ya me lo imaginaba dando la vuelta al ruedo con el rabo, el mío, en la mano vitoreado por el respetable.
Y para acabar con el buen rollo democrático de que aquí se vacuna el que quiere, ahora pretenden que los no vacunados no podamos ir a los bares, privarnos de ese derecho fundamental que es el acceso a la cervecilla redentora. Inhumano.
Porque lo de que no nos dejen entrar a los locales de ocio nocturno, lugares de esta jungla donde habitualmente se encuentran las valkirias exuberantes en época de apareamiento, no me importa. Estoy cansado de que todas me consideren únicamente por mi cuerpo y por mis muy destacados atributos.
Quienes me conocen saben que dentro de este físico atlético hay un hombre sensible y un gran fantasma que solo aspira a vivir en libertad. Como Mel Gibson en Braveheart pero sin tener que cargar con esa espada tan enorme, que cuando te subes al autobús de la Línea 6, a ver dónde la metes; porque lo del espacio para el carrito de los niños siempre está ocupado por enormes bolsas de basura repletas de monederos, cinturones y bolsos falsos de los senegaleses.
Pero idénticos a los de verdad, y a muy buen precio.
Ratio: 4.5 / 5
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