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Era un mosquito tigre

Milton

Martes, 26 de Septiembre de 2017

Pues estaba equivocado, lo que tengo en casa no es un mosquito torero, sino uno tigre de esos peligrosos, que también los llaman “mosquitos invisibles” porque son como los de Hacienda, pequeños, rápidos y, aunque no los ves venir, cuando te clavan el aguijón escuece que no veas.

Me di cuenta estando emboscado con el casco y el chaleco antibalas, listo para tenderle una trampa con el insecticida. Entonces me percaté de que el bicho tenía el cuerpo a rayas blancas y negras. De hecho me recordó a una ex novia que tuve que también era pequeñita, tenía un traje ajustado a rayas, nariz aguileña y cara de malas pulgas. Soy un romántico.

No era el enemigo que esperaba, mis armas no servían para el mosquito tigre y la emboscada no funcionaría. Decidí cambiar de estrategia e ideé algo realmente perverso.

Compré un kilo de sal de mesa y he estado haciendo toda la comida salada como los perros, mantequilla en abundancia, todas las grasas saturadas posibles, tocino en tacos, carnazas grasientas, muchos fritos y mucho café. Por supuesto, postres en plan bollería industrial y todo con tanta azúcar que ni Meg Ryan resultaba empalagosa.

El plan era muy sencillo: dejar que el mosquito tigre me picara a placer, chupándome la sangre como si fuera del Patronato Provincial de Recaudación.

Con el colesterol, el azúcar y la tensión como la tenía, seguro que le provocaría un infarto en pocos días, tal vez un ictus fatal. A ver si poniéndose fofo como estaba yo iba a poder volar como una bailarina del Bolshoi.

En fin ese era el concepto pero lo cierto es que ahora yo tengo el cuerpo lleno de picaduras y taquicardias mientras él sigue volando felizmente. Pa mí que me está cogiendo las pastillas para la tensión de la mesita de noche.


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