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Por un pimiento

Milton

Viernes, 22 de Septiembre de 2017

Ésta semana he aprendido algo muy triste, que el supermercado es para un adulto lo que el recreo para un niño: el lugar donde se aprenden las duras lecciones de la vida.

Porque, al igual que cuando éramos críos, el recreo era cuna de hombres y forja de líderes, a partir de los 40 el súper se convierte en el tribunal que nos juzga y nos condena a vivir con nuestra patética realidad. Lo aprendí esta semana gracias a los pimientos.

Yo quería comprar un pimiento, porque los solteros heterosexuales adultos con graves taras que vivimos solos debemos comprar los pertrechos en dosis mínimas para evitar que todo se ponga malo y acabe en la basura.

Pero ahí está el supermercado para abofetearte con la realidad. Todo te lo vende en bandejas enormes, en cantidades industriales, como si en vez de estar pensando en la cena tuvieras que proveer a una Bandera del Tercio cuando se va de maniobras a Almería.

Entonces le dices a la frutera que solo quieres un pimiento porque como vives solo todo se pone malo en la nevera. Ella se queda boquiabierta mientras los demás clientes te miran con profunda tristeza, una anciana me entrega 20 céntimos y un señor me da varias palmaditas de ánimo en la espalda y me dice “se fuerte”. No, no era Rajoy.

El pescadero sale de su puesto y me trae un boquerón envuelto en papel Albal, “para que no te se ponga malo, machote. Y valor, mucho valor”. Habría pedido que me lo fileteara para congelar, pero tampoco quería abusar de su generosidad.

Me sentí incómodo así que fui hacia la caja con mi boquerón y mi pimiento; pensé en la mala suerte que había tenido, si en vez de un boquerón llega a ser un chanquete, me lo ceno con el pimiento, que eso es muy marinero.

Entonces me di cuenta de que todos empujaban un carrito mientras yo llevaba mis compras en una mano. Me miraban y señalaban con el dedo. Alguien me pidió hacerse un selfie conmigo y uno del Seprona que hacía cola en la caja me preguntó si no me sentía como el lince, solo y en peligro de extinción.

A la cajera se le saltaron las lágrimas al ver el pimiento. La tranquilicé explicándole que vivir solo también tiene sus ventajas. Entonces me contó que la sabiduría popular decía de algo que no le preocupa a nadie, "me importa un pimiento", precisamente por casos como el mío.

Eso es lo que le pasa al mercado de trabajo, que la gente está sobrecualificada, te ponen una cajera filóloga y te amarga el día.


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