Desde esta mañana llevo realizando los preparativos para esta fecha tan señalada, cuando a las doce de la noche, las cero horas del sábado, vuelvan a abrir los bares. Tengo mis cervecillas listas y, desde que me he levantado, estoy haciendo mi habitual tabla de ejercicios con el vaso de caña estándar.
Porque con esto del confinamiento uno no puede acomodarse, que luego se nota lo de no hacer deporte. Fíjense que en estas dos semanas que hemos estado sin bares en Marbella, yo he perdido mucha agilidad en disciplinas varias, desde el acodamiento de barra hasta en llamar la atención del camarero para que eche otra ronda y, por supuesto, en gorroneo cervecero a cualquiera que se ponga a tiro.
La verdad, creo que hasta he perdido parte de mi proverbial agilidad de muñeca que me permitía el grácil y elegante gesto de beberme la cervecilla si tener que mover el cuello, y eso es sanísimo para las cervicales.
Ahora me veo aquí en mi gruta de las Tierras Altas, esperando a las cero horas, hora Zulú -como en las pelis-, para salir correteando por las calles semidesnudo, bebiéndome botellines de forma espasmódica mientras despierto al vecindario al grito de “¡ya podemos, ya podemos!”. Al menos hasta que me detenga la policía.
Y a mediodía, cuando los bares estén en plena efervescencia para cumplir con el sagrado deber del aperitivo, entraré en uno de mis templos preferidos, me acodaré en la cabeza de algún cliente bajito, y relataré a los presentes cómo mi entrenamiento en operaciones especiales me ha permitido sobrevivir a dos semanas sin bares.
Lo del señor bajito es porque acodarse en las barras sigue prohibido porque, al parecer, los coronaviruses son muy de barra y te puede pasar, no solo que te contagies con más facilidad, sino que, además, te gorroneen las cañas. Al fin y al cabo el COVID-19 es un virus chino y, ¿quién ha visto alguna vez a un chino invitando a cañas?
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