Estoy perdido, mi pandilla de las cervecillas está siendo diezmada por los coronaviruses. Tenemos numerosas bajas y la situación está a punto de devenir en tragedia; es posible que dentro de poco abran los bares y no quede nadie para que podamos cumplir con el sagrado deber de hincharnos de cervecillas porque estemos obligados todos a cuarentenear.
Y en estos aciagos momentos no puedo sino recordar a ese gran filósofo que dijo “esto es un infierno” (Rambo. Parte I).
Yo mismo creo haber empezado a notar los primeros síntomas de los viruses devastando mi organismo, probablemente porque hace unos días recibí un correo electrónico de uno de los camaradas infectados y, aunque dicen que el COVID no se contagia por ordenador, eso es solo si tienes el antivirus actualizado. Caso contrario, pringas fijo.
Lo mismo pasa con los móviles, que eso se lo calla Fernando Simón, pero estos viruses se trasmiten en forma de aerosol, por el aire, y cuando el bicho está volando, se monta en la primera wi-fi que encuentra y te entra en el organismo por la oreja, cuando estás hablando por teléfono y te crees a salvo. Bueno, y como tengas uno de esos móviles chinos, date por jodido porque traen el virus de serie.
Siendo plenamente consciente de la fatalidad de mi destino, sabiéndome perdido, acepté mi suerte y me fui a la ducha con la intención de colgarme. No a ducharme, que eso ya lo hice cuando la moción de censura a Rajoy.
Sí es verdad que lo de colgarse en la ducha ya no tiene el romanticismo de antes, porque ahora todas tienen esas mangueritas con el telefonito al final con forma de Satisfyer de tienda de "Todo a cien", que no sirven ni pa una cosa ni pa la otra. Te pones a liarte la manguera al cuello y, como no venga un vecino a echarte una mano pegando tirones, resulta imposible llevar a buen fin tan dramático final y, aún menos, lograrlo con dignidad.
Lo intenté un par de veces, enrollándome la manguera alrededor del gaznate, pero solo logré que saliera un chorro de agua y me pusiera los pantalones perdidos, que aquello parecía lo que no era. Y no estaba dispuesto a que el juez me encontrara de forma tan poco elegante al levantar mi cadáver.
Además, de tanto tirón se me había quedado seca la garganta y me apetecían unas cervecillas, así que fui a la nevera a encomendarme a San Miguel y Cruzcampo. Sin embargo, al tercer o cuarto botellín, vi la luz y comprendí que el suicidio es de cobardes.
Decidí entonces enfrentarme a mi futuro con valor e hidalguía, y acepté mi destino teniendo muy claro cómo iba a vivir: "Día a día, Dios mío. Día a día" (Rambo. Parte II).
Ratio: 5 / 5
Comentarios potenciados por CComment