Ayer me hice el firma propósito de comer de forma sana ajustándome más a la llamada dieta mediterránea de la que tanto hablan en todos sitios. Porque, para serles sincero, hasta hace poco yo estaba convencido de que para la famosa última cena, Chus y los apóstoles se habían pedido un Glovo del Burger King.
No obstante, merezco disculpa pues nunca he sido un hombre de fe, aunque sí un estudioso de las religiones. De hecho, tengo una hipótesis al respecto que destroza los derechos de autor del que escribió los Evangelios. Para mí que la multiplicación de los panes y los peces fue, en realidad, el primer ofertón de la historia en una hamburguesería de la época, ya saben en plan McFish con patatas fritas y bebida a 3,95. Pero bueno, esa es otra historia.
En fin, predispuesto como estaba a expiar mis pecados gastronómicos abrazando la dieta mediterránea, hasta estuve tentado de incluir en mi nueva forma de vida productos ecológicos y alguno bio. Sin embargo, fue solo una fugaz tentación, pues soy consciente de que uno empieza a concederse mariconaditas y termina del brazo de la ministra Irene Montero en alguna manifa en defensa de la ley trans. Torres más altas han caído.
Con el propósito de comenzar inmediatamente mi proceso de purificación me fui a una de las muchas fruterías que han abierto en la ciudad migrantes llegados de allende los mares y, nada más entrar y ver al frutero, tuve la sensación de que nos conocíamos.
Le pregunté si no nos habíamos visto antes. Me aseguró que no. Pues mire que a mí su cara me suena, con esa larga barba, el turbante, las gafas de sol y el Kalashnikov, juraría que hemos coincidido; tal vez en el pádel, o en algún grupo rociero, ¿en la Feria de San Bernabé quizá? Y el hombre que no y que no, que sería por los ojos, que le habían dicho que eran clavaditos a los de Brad Pitt.
Pues será, ¿tiene buenos tomates? De huevo de toro, aseguró. Por supuesto, respondí, y pepinos de viagra. Es que fantasmas hay en todos los países.
Y entonces, el tendero saca de una cesta un tomate que era como un balón de fútbol pero comunista, muy rojo.
¿Ha sido por los efectos secundarios de la vacuna de Pfizer o la de Moderna?, que yo sabía que no podíamos fiarnos. Tantas prisas, tantas prisas y luego pasa lo que pasa, que si le hace eso a un tomate, imaginen cómo le puede poner las partes nobles a un recién vacunado. De ahí el nombre del tomate, seguro.
Pues casi cuatro euros, me dice el frutero. Es entonces cuando me entran la taquicardia, los sudores y los espasmos musculares, y comprendo, en toda su grandeza, el concepto de comer sano: sin necesidad de hacer el panoli por el Paseo Marítimo, el corazón se me puso al ritmo del de un corredor de maratón.
La dieta mediterránea ha despertado al atleta que hay en mí en un proceso sin retorno. Mañana, pescado.
Ratio: 5 / 5
Comentarios potenciados por CComment