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Lo del fondo

Milton

Jueves, 04 de Febrero de 2021

Nunca me había parado a pensar en que, tarde o temprano, algún día tendré que hacer una videoconferencia, o celebrar una reunión telemática o un webinar, que no sé lo que es pero apunta como a que te toquen las partes íntimas digitalmente. Incluso me puede tocar hacerlo por streaming, que eso sí que suena guarruno. Pero guarruno, guarruno.

Y es entonces cuando me planteo lo del fondo. Porque cuando con esto de los confinamientos salen en la tele políticos, famosos, científicos, expertos y tertulianos que aparecen desde sus casas, me he dado cuenta de que siempre tienen detrás una librería plagada de libros sesudos y profundos. Otros se colocan ante una pared de la que siempre cuelgan obras de arte abstracto que, o son caras, o son una putadilla del niño pequeño, que les das un rotulador y son como Al Zarqawi con un par de kilos de C-4. Cosas de críos.
Alguno, los que van más de modernos, democráticos y podemitas, se coloca ante la cámara del ordenador, dando la espalda a una estantería en la que hay alguna foto familiar anterior a cuando descubrió en su madurez que su auténtico yo no era Pedro Andrés sino Serafina; por supuesto, otra foto del día en que se volvió loca en la caravana del orgullo gay, otra del Che y diferentes objetos étnicos de cuando estuvo de tour turístico por algún campo de refugiados africano.

Y, ante la incuestionable realidad de que el fondo de tu videoconferencia lo dice todo de ti, no sé si quitar de la pared del salón los posters de las playmates y esos de las musas de los camioneros que, sin la elegancia de Playboy, no dejan de sugerir un enorme mensaje democrático al ser la prueba tangible de que los ceporros también se apasionan.

O puedo comprarme una librería en Ikea. Claro que luego habría que llenarla de libros y, aparte de las instrucciones que vengan con el mueble, los recibos de la hipoteca, la garantía de la Turmix y la foto de la jura de bandera, a ver qué más le pone uno a la estantería.

Otra opción viable es la de hacer la videoconferencia desde la cocina, que eso debe dar imagen de adulto contemporáneo de espíritu joven. Sin embargo tendría que limpiar un poquillo, al menos las paredes, que parecen un decorado de "La matanza de Texas". Y bajar de una vez la basura, o dispararle para que se quede quieta.

Y eso solo pensando en qué fondo poner en la videoconferencia. Sin entrar a que lo mismo uno tiene que ponerse ropa interior limpia, y hasta ducharse, que con esto del big data, la CIA se entera de todo. A ver qué hacemos cuando llegue el 5G, que las videoconferencias van a tener tanta definición que hasta se aprecia si te cantan los pinreles o los bajos.

Porque lo de la digitalización tiene también sus peligros, sobre todo con lo de la privacidad. Yo tengo un conocido que tiene una novia que es repartidora de Amazon y si quiere disfrutar de los inalienables derechos maritales, lo tiene que pedir a través de la app del móvil. Aunque el hombre le ve el lado bueno a la cosa porque dice que en Black Friday, la chica le hace un 2x1. Para esto de las cibercompras también hay que saber.


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