Qué fatalidad, mi grupo de tomar cervecillas redentoras está siendo devastado por los coronaviruses. Ya hay algunos de sus leales miembros padeciendo el confinamiento, porque dicen que, entre serie y serie de Nisflis, pueden teletrabajar.
No obstante, esto yo lo veía venir y en no pocas ocasiones, cuando la pandilla se despendolaba, era la mía la única voz con sentido común que les recordaba que la prudencia no mata. Bueno, casi nunca, que yo de joven tuve una novia llamada Prudencia con muy mal carácter; se te iba la mano un poquillo más allá de lo decentemente aceptable y te soltaba unas guantás que parecía familia de Rocky Balboa. Nunca entendí que los padres no le pusieran Peligros.
Y volviendo al grupo de las cervecillas, recuerdo que hace unos meses hasta la Policía nos llamó la atención por estar con música en la terraza de un bar. Incluso, uno de la pandilla, que es más marchosillo, seguía el ritmo de la tonadilla dando palmas. Tuvimos suerte de que los funcionarios fueran indulgentes, y eso que yo sugerí que le pegaran un tiro en una pierna como escarmiento. En plan tirón de orejas, ya me entienden.
Pues aún así, ni mediando la intervención de la fuerza pública, nos hemos librado ahora del azote de la pandemia. Y sé exactamente cuando se produjo el contagio. Fue estando en la terraza de otro bar hace unos días, nos trajo las cañas un camarero regordete y bajito, con los bracitos y piernecitas tan cortitos. Inmediatamente me di cuenta de que recordaba a un coronavirus, con esa especie de antenitas que le salen del cuerpecito rechoncho. Supe que estábamos perdidos, que el Álamo o el Delta del Mekong no iban a ser nada comparados con esta devastación.
Más aún, minutos después, otro de la pandilla dijo que casi se bebía un mosquito que le había caído en la caña. Lo examiné con detenimiento y, con voz pausada para no alarmarle, le dije: "¡Dios mío, Dios mío, estás perdido, vas a morir como un perro con hipoteca que, además, fuera cliente de Dentix y le hubiera pedido un préstamo al cartel de Tijuana para financiarse la dentadura postiza!".
Fui sincero, tuve que decírselo, a un amigo no se le miente, no es un mosquito, es un coronavirus. El pobre no podía creerlo e insistía en que tenía alas. Claro, le expliqué, porque es la cepa británica que ha llegado al aeropuerto de Gibraltar, ¿cómo iba a aterrizar allí sin alas, so listo?
Entiendo, sin embargo, que negara la realidad, bloqueado por el pánico, incapaz de aceptar la fatalidad de su destino. Incluso yo mismo me sentí angustiado porque, mientras todos intentábamos animarle, el virus seguía bebiéndose la caña sin que nadie le dijera nada.
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