Seguro que todos se han preguntado alguna vez qué decisiones tomarían si supieran que el mundo se iba a acabar en 24 horas. También sé que si les concedieran un último deseo, muchos se inclinarían por lo de que Scarlett Johansson, vestida con el mono ese de cuero negro que lleva en “Los Vegadores”, fuese lobotomizada y quedara a merced de sus más sucios deseos.
A mí ni se me habría ocurrido. Yo me iría a Leroy Merlin y pasaría esas horas leyendo a los presocráticos, tal vez a Platón, en el pasillo 9C, de bajantes y canaletas, lugar donde siempre he querido ser inhumado.
No es que lo de Johansson sea mala idea, lo que pasa es que, con lo del fin del mundo, no te quedaría nadie a quien contárselo, y eso sí que es triste.
Pues, aunque no se lo crean, todavía puede ser peor. Los poderes públicos, en su infinita crueldad sanitaria, también nos privarán de una barra de bar a la que sujetarnos mientras los restantes parroquianos escuchan, con envidiosa lujuria, todas las mentiras que cuentas sobre lo de que te portaste como un machote ibérico después de que Scarlett cayera rendida de amor ante la sutileza de tu espíritu romántico. Y sobre la admiración que expresó su rostro cuando, en perfecto inglés, con elegante acento de Brighton y varonil firmeza, le dijiste lo de “I’m going to put you looking to Pamplona or to Cuenca, if you prefer darling”. Al fin y al cabo, José Luis Perales, otro gran romántico, es de Cuenca.
Pues ya nada de eso será posible porque a las 00:00 horas del miércoles nos cierran los bares, otra vez. Además lo hacen aposta, fijando la hora como en las pelis americanas de terroristas que han colocado una bomba nuclear, con un reloj que siempre provoca la tragedia cuando marca 00:00.
Porque en la vida real, las cosas no son así, que mi cuenta en Abarca y Devora Ltd. Bank siempre marca ese número y, salvo la cólera del interventor de la sucursal, no estalla nada más.
Echaré de menos no poder dirigirme a mi público, asido con la izquierda a la barra mientras, sujetando en la diestra una cervecilla redentora, les enardezco relatándoles como era el mundo antes de que descubrieran el Satisfyer.
Aunque ya les digo que yo soy más de lo del Leroy Merlin.
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