Mal rato la otra noche cuando, al despertarme de madrugada, me encuentro a una cucaracha en la cama mirándome fijamente.
Como cualquier hijo de vecino, lo primero que hice fue ponerme a repasar mentalmente en qué bares había estado esa noche y si me había pasado con las cervecillas. Porque yo siempre he sido muy selectivo a la hora de invitar a alguien a mi casa y, a decir verdad, esta no era en absoluto mi tipo.
No obstante, ya saben que las primeras impresiones no siempre son las acertadas porque, echándole otro vistazo, tenía su atractivo exótico con ese elegante y veraniego color cobre. Y, a pesar de que lo que está ahora de moda es la fibra óptica, esas dos antenitas sobre la cabeza, que movía con la gracia de una bailarina rusa del Bolshoi, también tenían un punto morbosillo.
Ya que estábamos en el lecho, pensé en charlar un poco, ya saben por romper el hielo. Al fin y al cabo no todos los días se despierta uno al lado de una hembra con largas y estilizadas patas, encima ocho. Claro que me podía ir olvidando de regalarle zapatos en Navidad. Menuda ruina.
Traté de llevarla a mi terreno con una conversación ágil e inteligente que despertara su deseo lujurioso, así que le pregunté si estudiaba o trabajaba, si vivía por aquí y a qué partido votaba. Hasta le confesé lo de María Vanessa, con la que tenía cierto parecido, y cómo me había abandonado solo por hacerle un cumplido, que no he vuelto a verla desde que le dije lo de que, a pesar de que fuera gorda, vieja e inmensamente rica, yo la seguía queriendo. Arpía traidora.
Entonces, la cucaracha me miró con sus ojitos achinados, movió sus antenas y escapó correteando hacia la terraza.
Otra a la que le traen sin cuidado mis sentimientos. Sí, mejor vete ahora antes de que me enamore y termine sufriendo. Ni tan siquiera me dijo su nombre. Sigo siendo un romántico.
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