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El árbol

Milton

Jueves, 07 de Septiembre de 2017

Me inquieta la desmesurada forma de crecer de un árbol del jardín que amenaza con llegar con sus ramas hasta mi cocina.

La cosa no tendría mayor trascendencia porque, aunque cuando lo plantaron hace poco más de un año no era más que una ramilla birriosa y anoréxica, es normal que haya crecido sano y lustroso con sus raíces ancladas en la rica tierra de la Golden Mile, donde el metro cuadrado tiene un precio escandaloso.

Sin embargo, recordé que Mari Pili, una de mis ex que era muy aficionada a esto de la jardinería, decía que era bueno hablarle a las plantas para que crecieran.

Sospecho que así lo hizo y que convenció al árbol para que me comiese, creo que hasta es posible que le pagase para que atentara contra mi vida. Arpía rencorosa, nunca me quiso.

Y eso que estoy convencido de que no actuó sola. Más aún, cuanto más miro al árbol, más me recuerda al director de mi sucursal de Abarca y Devora Ltd. Bank; con esas ramas extendidas, como los brazos de mi banquero intentando colarse por la ventana del Milton Palace para hacerse con la propiedad.

Hasta me he planteado coger unas tijeras de podar y pegarle un tajo a las ramas más agresivas. Pero estoy seguro de que, como sucede en las pelis serie B, aparecerían inmediatamente otras nuevas que me atraparían con fuerza para inmovilizarme y poder robarme así la cartera, venderme un seguro de hogar, subirme la cláusula suelo de la hipoteca y obligarme a comprar la colección completa de los éxitos de Julio Iglesias en la teletienda.

Cada uno tiene derecho a imaginarse su propio infierno.


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