El otro día piqué como un pardillo cuando pasé ante el escaparate de una tienda de ropa en el que podía leerse “rebajas” en grandes letras rojas.
Entré para echar un vistazo, pero empecé a sospechar cuando me fijé en los maniquíes, que ni mirándoles en las partes pudendas eras capaz de adivinar si eran de hombre o de mujer, como la ropa. Sin duda había entrado en una tienda políticamente correcta donde se cumplía el dogma de la diversidad transversalizada políticamente correcta.
Estaba en territorio enemigo así que, siguiendo el manual de guerrillas de la Legión, decidí mimetizarme con el entorno hostil. Me subí los pantalones hasta las canillas y me pegué varios tirones de los tres pelos que me quedan para que creyeran que me peinaba como Cristiano Ronaldo.
Con andares recortaítos, como Chiquito de la Calzada, me acerque a un dependiente con barba y tupé que llevaba ropa muy apretaíta, los pantalones también ajustaítos y arremangados, dejando bien a la vista los calcetines morados. Uno de esos de los que van en bici al trabajo y solo comen yogur con frutas del bosque, ya saben.
Le pregunté si tenían camisas de las de toda la vida. Me miró sorprendido y me explicó que allí no tenían nada de toda la vida, que hasta los maniquíes tenían los contratos por horas. Maldita reforma laboral.
También le pedí que me indicara en una etiqueta si ese número era el de la Seguridad Social del fabricante. Entonces me aclaró que no, que eso era el precio, que las prendas de la marca se fabrican en países del tercer mundo con mano de obra infantil y semiesclava por lo que la Seguridad Social no hace falta para nada.
Ademas me dijo que las rebajas eran solo de expectativas, que lo ponía muy clarito en la cláusula 113, sección C de la letra pequeña del anuncio. A ver si no cómo iban a ser una multinacional millonaria con franquicias por todo el planeta.
Pues tiene usted razón. De todos modos, al notarle un poco ácido, decidí ir en plan coleguita amable y le pregunté si no nos conocíamos de la mili. Sin embargo, al ver su cara de espanto decidí quitarme de en medio y volver a mimetizarme con el entorno.
Pero cometí el error de preguntarle dónde estaba la sección de caballeros. Yo mismo me había descubierto.
Llamó a seguridad y el guarda jurado me echó a la calle por ser políticamente incorrecto y discriminar por razón de género. Algún empleado hasta sugirió hacer una pira con ropa de toda la vida para que las llamas purificasen mi alma pecadora.
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