Con lo de la revolución digital son muchas las profesiones que se están viendo abocadas a la extinción. La mía es una de ellas y ya ni los partidos políticos necesitan a un escribidor de sandeces, y eso es pa nota.
Los que somos los últimos ejemplares de una estirpe de grandes creadores aceptamos con gallardía una agonía que se produce sin estertores ni cobardes arrepentimientos. Bueno, personalmente, siempre me he arrepentido de haber llamado gorda bigotuda a María Vanessa. Era tan obvio que fue insultar a su inteligencia.
Y eso que yo llegué por casualidad a este noble oficio de escribir estupideces. En realidad, siempre quise ser estrella de la tele. Es verdad que siendo joven tuve una breve época en la que soñaba con ser bailarina del Bolshoi, pero mi papá siempre me dijo que fue solo un breve lapso en el que estuve confundido y que, gracias a una certera patá en los cataplines, recuperé el rumbo. A veces solo necesitamos una mano amiga que nos indique el camino.
Sin embargo lo de convertirme en una superestrella de la televisión no pudo ser y lo más cerca que estuve de mi sueño fue cuando me hicieron una colonoscopia en el Hospital Costa del Sol.
Aún así, las enfermeras me dijeron que estuve genial y que se notó que, como actor, había dado todo lo que había dentro de mí.
Decidí ser realista y pensé en coger algún empleo eventual pero notarios, diplomáticos y abogados del Estado, me rechazaron. Ya sabe que son profesiones muy endogámicas y corporativistas, donde solo entras si eres hijo de alguien.
Coincidió entonces que me tocaba hacer la declaración de la renta y, con mis esperanzas truncadas, me fui a presentarla. Cuando el funcionario estaba leyéndola comprobando los datos, comenzaron lo lagrimones y las carcajadas. Se le sumaron otros compañeros que hasta me daban amistosas collejas para animarme. Incluso se me insinuó una funcionaria que aseguró que siempre le habían dado morbo los fracasados.
Al final me dieron las gracias porque, después de conocer mi historia económica, se sentían muy afortunados. Aseguraron que mi existencia era patética y que debería seguir escribiendo sobre ella. Hubo aplausos.
Y esa es la historia de mi vida, así nació el mito de la literatura y la costumbre en la delegación de Hacienda de hacer una colecta de Navidad en mi honor. No me olvidan.
Mi historia está a caballo entre la de Ernest Hemingway y la de Isaac Asimov, ¿a que sí?
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