Probablemente sea porque dentro de mí late el corazón de un gran demócrata, pero lo cierto es que no me parece nada bien eso de que el Ayuntamiento se plantee adoptar medidas contra el turismo barato.
El problema es que los políticos tienen una percepción anticuada de este turismo “low cost” y no se dan cuenta de que “lo cutre hace bello”, como bien dijo alguien. No sé si era un diseñador de moda o Nicolás Maduro.
Seamos realistas, la Golden Mile no sería la Golden Mile sin el turismo pobretón y nosotros, los residentes, no podríamos restregarle al resto de la Humanidad nuestra suntuosa forma de vida que, aún siendo mentira, da el pego.
Trato de no imaginar un futuro en el que no podamos ver la entrañable imagen de toda la familia turista en fila india cruzando la Golden con los últimos rayos de sol, cargados con sillas, mesas plegable, sombrillas, flotadores y demás utillaje necesario para el asueto estival, que uno no sabe si vienen de la playa o de cruzar el Estrecho en patera.
Y desde la terraza en la que estoy tomando una cervecilla a un precio prohibitivo, se me viene a la mente el reportaje de National Geographic sobre los elefantes agonizantes avanzando pesadamente por la senda de la sabana de Zimbabúe y cómo caminan dócilmente hacia su dramático final.
A veces hasta les saludo con la mano, probablemente como siglos atrás lo hicieran los colonizadores de poblados africanos con aquellos nativos a los que luego exterminaron.
La verdad es que esto del turismo pobretón siempre me pone sentimental porque, al fin y al cabo, es solo una expresión más de la dicotomía vital, del yin y el yang, la oscuridad y la luz, la clase VIP y la turista. El "low cost" es esencial para que nos sintamos seguros los que tenemos serios problemas de autoestima y necesitamos fingir la fortuna y el éxito de los que carecemos, y eso es casi una labor social. Para mí que debería desgravar.
Sus críticos dicen que son un turismo de paseo, helado y pipas. Quizá, pero que nadie olvide que si no fuera por ellos jamás habríamos vivido la experiencia de pisar un cucurucho de chocolate y vainilla medio derretido en el Paseo Marítimo y ponernos perdidos los carísimos zapatos de piel para que luego se nos pegaran las miles de cáscaras de pipas que van dejando por todos sitios.
Cuando me sucedió la primera vez y fui capaz de reprimir mis primitivos instintos asesinos, supe que era un gran demócrata.
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