Como es fin de semana, me he puesto profundo y he estado preguntándome dos cosas: primero si beberme un botellín de cerveza de quinto o de tercio y, segundo, por qué la vida no está pensada para darnos una segunda oportunidad.
El que haya organizado esto del cosmos, sea un ser supremo o un subalterno, seguro que era un mileurista con contrato temporal porque este montaje tiene muchos fallos.
Lo de jugártelo todo a una sola carta y en una sola vez no es nada justo. Lo lógico sería tener, por lo menos, una segunda oportunidad.
La mayor parte de la gente contempla esta opción como una posibilidad de enmendar errores cuando, en realidad, esa segunda oportunidad sirve sobre todo para repetirlos.
Desde luego, si los dioses me otorgaran a mí una segunda oportunidad, la emplearía con inteligencia para, en vez de una, tener dos casas que no puedo pagar, dos coches, dos valkirias exuberantes a las que poder perseguir cubierto únicamente con mi elegante gabardina Burberry, dos cervecillas al precio de una y, por supuesto, dos entradas VIP para Starlite que luego podría revender para sacarme una pasta.
Admito que hay errores que enmendaría, como el de pagar impuestos, por eso un año haría la declaración de la renta y al siguiente no, para compensar. Tampoco volvería a hacer la mili, corregiría eso casándome con Elsa Pataki y teniendo una abundante prole para que me eximieran del servicio. Bueno no sé si esto es buena idea porque, con lo de los críos, quizá fuera el mejor momento de quitarse de en medio y que me enviaran a hacer guardias a Alborán.
Pero, lo más importante que he descubierto en esta inteligente reflexión es que, si tuviera una segunda oportunidad, cambiaría al ser supremo y colocaría a otra persona más apta para el trabajo: al brigada Quintanilla. Es el único que, cuando te trinca en un control de alcoholemia a la salida de Banús, te da la oportunidad de soplar dos veces. Quintanilla debería haber sido el creador de todo.
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