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El clásico encanto del despido improcedente

Milton

Jueves, 27 de Julio de 2017

Pues es verdad eso que dicen que con los nuevos contratos de trabajo temporales uno tiene cierta sensación de precariedad en el empleo.

Fíjense que el otro día estaba en la barra de una biblioteca de la que soy habitual y me veo a un camarero que no conocía. Al preguntarle me dijo que era su primer día, le di la bienvenida y le pedí una caña. Jamás me trajo la cerveza, se le terminó el contrato antes de llegar al grifo.

Un amigo que es empresario y que va de progre me ha explicado que esa es la tendencia del mundo moderno, una nueva revolución marcada por la velocidad de vértigo de internet. Le interrumpí. No estaba de acuerdo. Cuando yo me pongo a bajarme pelis guarrunas tardan una eternidad, que una vez empecé a descargarme “Las alegres chicas de Wisconsin” y cuando terminó la descarga ya era un clásico y habían estrenado el remake “Las alegres chicas del Imserso”.

Pero es cierto, como decía este conocido, que eso de la temporalidad es la tendencia dominante y me explicó que el Gobierno hasta se está planteando lo de quitar los despidos. Los contratos son tan cortos que no da tiempo a despedir a nadie.

No obstante, también me confesó que, a veces, sentía nostalgia de aquellos tiempos en que el jefe podía dar el puñetazo en la mesa y gritar “¡despedido!”, señalando con un dedo autoritario la dirección a la puerta. Y luego te quedabas mirando al resto de la plantilla, paseando por la oficina como el león que caza para toda la manada, con esa cara de decir “a Evaristo Jiménez no se le sube nadie a la chepa. Bueno soy yo”.

Ahora, entre lágrimas, mi amigo dice que solo puede despedir al cartero cuando viene a traer el correo y que lo echa tanto de menos que, en una ocasión, hasta despidió a varios desconocidos con los que se cruzó por la calle mientras sufría espasmos y convulsiones.

Y es que los que van de progres suelen ser, en realidad, los más nostálgicos del pasado. Aunque admito que lo de que te quiten de un plumazo todo el abusivo despotismo que emana de la figura del despido improcedente, debe doler.

Casi lo mismo me pasó cuando hice la mili, que yo iba a pedir de general de división, hasta que me enteré de que ya no se podía fusilar a nadie al amanecer, así que me apunté de soldadito para no tener que llevar todas esas condecoraciones, estrellas y hasta un sable que pesaba una barbaridad.

Les digo una cosa, por mucho internet y fisbus que haya, lo de hacer las cosas como se han hecho toda la vida nos sigue tirando.


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