Ha llegado el momento de la licenciatura, y en esta décima y última lección del Manual del Confinado, la “leson ten”, el pupilo habrá de plantearse cómo va a reinsertarse en la sociedad cuando se levante el confinamiento sin ser un independentista catalán al que le vayan a dar el indulto por el morro.
La gran pregunta es la de qué hará cuando todo esto termine y tenga que abandonar la comodidad del confinamiento en casa y algunos, incluso, puede que tengan que volver a trabajar si su empresa no ha quebrado o su empresario no ha aprovechado la circunstancia para deshacerse de él.
No crea el confinado recién licenciado que esta es cuestión baladí. Renunciar a levantarse a partir de las once de la mañana, pasarse el día en pijama y tener a mano la nevera siempre llena de cervecillas, puede provocar desequilibrios psicológicos, estados de ansiedad, estrés postraumático, alteraciones del sueño e, incluso, en los casos más graves, pérdida de abdominales, consecuencia siempre preocupante de no poder pasarse el día bebiendo el néctar de dioses inventado por Cruzcampo y santificado por San Miguel. Una tragedia, en definitiva.
Bien, en este caso, el confinado, aún siendo recién licenciado, habrá de permanecer firme, consciente de la máxima del confinamiento: “No pegarle un palo al agua en pro de la Humanidad”. No olviden que no lo hacemos por nosotros, lo hacemos por los demás y esta batalla se va a ganar luchando todos. Precisamente lo bueno que tiene el confinamiento es que te avisan cuando la guerra ha terminado, que es cuando te unes a la celebración por la victoria y te jactas de tu heroico papel en la contienda.
Entiendo que la mayor parte de los confinados querrán recuperar lo antes posible su rutina habitual, salir a la calle, tomar el sol, hacer deporte, encuentros con amigos y familiares, jugar con los niños en el parque y devolver al chucho que alquilaron para poder escaquearse del confinamiento, algunos incluso hasta seguirán con la misma pareja con la que han convivido durante el encierro.
No puedo adivinar lo que hará cada uno cuando esto termine, aunque sí sé lo que voy a hacer yo: Quedarme en casa. Por llevar la contraria. A mí nadie me dice lo que tengo que hacer. El confinado de corazón es siempre un rebelde.
Y no olvide jamás el confinado encomendarse siempre a nuestro santo patrón, Poncio Pilato, pionero en eso de evitar marrones lavándose las manos.
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