La gran lección que recibí ayer cuando fui a comprarme un pollo para asar en el horno y me encontré con que la revolución digital 4.0, los criterios de sostenibilidad, la igualdad de género, el "no es no" y la transversalidad del emponderamiento también han llegado al mundo de los gallináceos.
Porque lo primero que me preguntó el carnicero era si lo quería de granja que, según me contó, son más sabrosos, con pechugas y muslos firmes de fibrosa carne y presentan un tono tostado de piel que les da como más porte y lustre. La Kardashian con alas y plumas.
Por supuesto, pedí inmediatamente el más voluptuoso que tuviera. Al minuto salió de la cámara frigorífica con un pollo que era como el top model de los pollos, estilizado y elegante. Lo envolvió con cuidado, me lo entregó en una bolsa y, al preguntarle qué le debía, me dio el tique.
Examiné atentamente el papel y pregunté al carnicero si ese número tan largo era el de la Seguridad Social del pollo, que al ser de granja y con eso de la trazabilidad, la cosa ha cambiado mucho. Me contestó que era el precio.
Sentí las frías gotas de sudor que brotaban de mi frente y, antes de que comenzaran las convulsiones, le pregunté si no tenía pollos de barrio porque, al fin y al cabo, yo nunca he sido hombre de campo.
El carnicero me recriminó mi ignorancia, recordándome que fue uno de estos pollos el que se rebeló contra las instituciones represoras de la granja y es gracias a estos pollos la razón por la que hoy disfrutamos de muchos derechos y libertades. Sin duda, los únicos pollos demócratas de la Historia.
Y visto desde esa perspectiva, el carnicero tenía razón, no me imaginaba a George Orwell escribiendo su obra con un vulgar pollo de barrio que no se pareciera a la Kardashian.
Convencido del valor histórico-democrático de tan bravo gallináceo, pregunté a mi carnicero si, la próxima vez que le trajeran pollos de granja, podría pedirle a alguno un autógrafo antes de cortarle el cuello.
Tras dudar unos segundos, me prometió que haría lo posible con la siguiente partida que le llega la próxima semana de Bruselas, que es cuando terminan el Erasmus.
Ya ves, pollos de granja, demócratas y europeístas. Y yo preocupado por el precio, qué cutrez.
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