Yo sabía que no iba a librarme del coronavirus y así ha sido. El otro día llamaron a la puerta de mi gruta en las Tierras Altas y, al abrir, me encontré al interventor de mi sucursal de Abarca y Devora Ltd. Bank. Inmediatamente me estornudó el cara y me informo de que me había contagiado un coronavirus hipotecario.
Con la diligencia y avidez que caracterizan a cualquier empleado de banca, sacó los formularios y me indicó dónde tenía que firmar para solicitar mi nueva hipoteca vírica. Le advertí de que yo no había pedido ninguna hipoteca, aunque me aclaró que los que pillan el ébola en África tampoco lo solicitan por duplicado, ni nadie les pide un aval para ello, y aún así, si te toca, te toca.
Me informó de que las nuevas hipotecas víricas son fiscalmente muy interesantes porque si palmas por alguna complicación, la Agencia Tributaria se cobra vendiendo tus órganos. Además incluyen comisiones especialmente leoninas dado que, con la salud chunga, a ver quién te va a hacer un seguro de vida para garantizar el pago.
Sin embargo, también me aseguró el eficaz interventor, que no todas son malas noticias. Otras son peores.
Pero, hasta abril, con este nuevo producto hipotecario, tienes derecho a participar en el sorteo de una batería de cocina de aluminio de ínfima calidad y muy contaminante y, también, te regalan cinco sobres de Frenadol Forte.
Lo sé, yo también he pensado en lo mismo que ustedes: lo del Frenadol es el truco para hacer atractiva la oferta a los incautos que no entienden de finanzas.
Ya ves, a mí me van a engañar. Que yo fui de los que compró las subprime, las preferentes, los activos tóxicos del banco malo y hasta di la entrada para un apartamento proyectado y no construido en una zona verde de Benidorm. Pero entonces te regalaban dos estampitas de la Virgen de Lourdes que te garantizaban la inversión.
Miren en esto de los productos financieros de alto riesgo hay que entender, en otro caso, mejor que no se metan.
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