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Victoria en una noche de verano

Milton

Viernes, 14 de Julio de 2017

Una de las cosas más satisfactorias que tienen las noches de verano es la posibilidad, legal, de utilizar agentes químicos contra los múltiples insectos que perturban tu descaso.

Porque años atrás, cuando aún no me había convertido en una sofisticada máquina de matar, si oía el zumbido de un mosquito mientras estaba durmiendo, me ponía a dar manotazos al aire y a hacer inútiles aspavientos, que parecía un gorrilla dirigiendo la maniobra de aparcamiento del guiri con coche alquilado.

Sin embargo, con la edad he ido aprendiendo a disfrutar de los placeres sencillos de la vida y de aquellas actividades que me enriquecen espiritual e intelectualmente. Entre ellas está, por supuesto, matar durante las noches de verano antes de dormir, a todos los bichos que hay en mi habitación utilizando potentes insecticidas.

Admito que, en ocasiones, me siento un poco identificado con Sadam Hussein, que era también aficionado a las armas químicas.

Incluso, cuando mosquitos y polillas empiezan a caer derribados sobre la cama gracias al eficaz pulverizador aéreo del bote de DDT, estoy atento por si alguno de los pilotos logra eyectarse y saltar de la aeronave. A veces, me los encuentro agonizantes sobre el colchón y nos enfrentamos cuerpo a cuerpo, en una brutal pugna en la que utilizo el mismo bote de insecticida como contundente arma de asalto.

Y cuando todo ha terminado, exhausto por el combate y con las manos aun manchadas de restos de mis enemigos, lo mejor que tienen las noches de verano es tumbarte sobre ese mismo colchón que está cubierto por los cadáveres de tus adversarios.

Imagino que los mosquitos aún agonizantes gritarán presas del pánico. Creo que, incluso, en ocasiones he oído suplicar, "¡por favor, apiádate, no nos aplastes!". Pero sé que es solo mi imaginación. Así es como suena la victoria.


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