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Un problema de fe

Milton

Miércoles, 12 de Julio de 2017

Como saben aquellos que me conocen, estoy acostumbrado a operar tras las líneas enemigas, por eso, cuando mis muy alegres camaradas de cervecillas me traicionaron y abandonaron, supe que sobreviviría, como lo hizo Rambo: Día a día.

No fue un abandono colectivo, sino una sutil operación de escaqueo. El numeroso grupo que se formaba a mediodía para tomar la cervecilla redentora comenzó a menguar.

Me percaté de que algo se cocía a mis espaldas al escuchar un día a uno de los del grupo gritar, “¡corred que por allí viene Milton a gorronearnos las cañas!”. Por suerte pude alcanzar a algunos en su huida para que me invitaran.

Interrogué a uno de ellos sobre el menguante número de asistentes al oficio diario y me dijo que venían menos porque querían bajar la barriguilla cervecera para lucir abdominales en la playa.

Era más grave de lo que creía, no se trataba de que yo me dejara invitar. No eran traidores o cobardes, era un problema de fe.

Los creyentes habían sido tentados por el oscuro valkirismo veraniego y exuberante para dejar de cumplir sus obligaciones con la cervecilla redentora de mediodía y entregarse a los placeres mundanos de la lujuria playera.

Haciendo la cruz con dos botellines de un tercio ante sus caras, y en nombre de Cruzcampo y San Miguel, invoqué a los espíritus de las Vigilantes de la Playa para que salieran de los cuerpos y las mentes de mis muy alegres camaradas, liberándolos de pensamientos impuros.

Tras darle dos botellazos en el coco y una patá en los cataplines al que tenía más cerca, juró que no habían pecado, que las guiris les ignoraban y que no se habían comido un rosco desde que Franco era cabo. Los demás asintieron con la cabeza asegurando que no precisaban de autos de fe individuales.

Les dije, "hermanos, id en paz, pero primero pagaros unas cañas". El exorcismo había funcionado.


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