Hay que ver lo que nos gusta en este país un suceso, que dicen que somos aficionados a los toros para ver si el bicho termina cogiendo al torero.
Y algo de verdad tiene que haber porque lo cierto es que, cuando alguien resbala y se escoña en la calle, todos acudimos a ayudar, y siempre aparece un camarero con un vaso de agua para el accidentado, mientras esperamos el momento de llegar al bar para contarle a los tertulianos el guarrazo que hemos visto esa misma mañana, justo ahí, en la esquina.
Fíjense que, en una ocasión, estaba yo mirando hacia lo alto de un edificio, donde había un cartel de “se alquila” en el último piso. Y con el boli y una libreta en la mano, no lograba leer el teléfono que ponía.
Entonces llega un señor, se para a mi lado, mira hacia arriba y me pregunta qué ha pasado. Le digo que nada en absoluto. Me insiste en que se lo cuente. Le repito que no es nada, es que no veo bien de lejos.
Pero él asegura que ve perfectamente y que no hay duda de que lo que hay allí arriba es alguien a punto de lanzarse al vacío. ¿Dónde? Me señala con el dedo a una terraza.
Pero hombre, si eso es una sombrilla de playa amarilla. Y me dice que de verdad que no veo nada de lejos, que es una señora delgada y rubia, probablemente guiri.
A esas alturas ya se habían sumado varios más. Todos mirando a lo alto del edificio. Al fondo alguien pregunta qué pasa y varias filas delante le contestan que una rubia extranjera va a lanzarse al vacío tras asesinar a su marido, al parecer con una motosierra. Dicen que iba de coca hasta las cejas, que ya sabes como son estos turistas europeos.
Entonces, una señora que viene de la compra con su carrito se lleva la mano a la boca para ahogar una exclamación y cree conocer a la suicida. ¿Qué suicida? pregunta un recién llegado. La del último piso, la guiri que está junto a la sombrilla de playa amarilla.
Alguien duda, ¿pero esa no es la de la serie esa tan famosa de la tele? Otro le aclara que no, aunque sí es verdad que tiene un cierto parecido.
¿Y es seguro que ha matado al marido? Seguro, le contestan, ha sido horroroso, una carnicería. Lo ha dicho el señor ese de la primera fila con la libreta y el boli. Al parecer es periodista.
Entonces aparece un niño en bañador en la terraza, coge la sombrilla y vuelve a entrar en el piso. Los demás nos fuimos al bar más cercano a contar, con profusión de detalles, los drámaticos sucesos acaecidos ahí al lado, en la misma esquina.
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