La semana de Sanfermines que llevo, lo más grande, que aunque yo sé que no es una costumbre demasiado arraiga en Marbella, la devoción se lleva por dentro.
Y, como todos los años, allí estaba yo ayer viernes en la calle Jacinto Benavente, vestido de blanco impoluto, pañuelillo rojo atado al cuello y una tablet Samsung en la mano. Sé que lo suyo es un periódico enrollado pero ya no imprime nadie, y si lo que el mundo quiere es sustituir el papel por las pantallitas, ¿quién soy yo para llevarle la contraria?
En la misma puerta de la Delegación de Hacienda que, como ya ha acabado la campaña de la renta, los funcionarios salen de trabajar más relajados.
Las tres de la tarde, sol de justicia, se abre la puerta de la delegación y cuando veo a uno con pinta de inspector, ¡zaca!, viaje con la tablet en el lomo para llamar su atención.
Se acuerda de mi madre -qué casualidad que se conozcan- y empieza a perseguirme hacia el cruce del Calvario, esquivo sus diversas acometidas, realizo hábiles fintas para evitar las embestidas. Con agilidad felina me coloco a su derecha y le agarro la oreja. Sé que lo suyo es cogerle el cuerno al toro pero, no se equivoquen con Hacienda, que pega cornadas más grandes que la vida. Fíjense en el pobre Cristiano Ronaldo.
Y tampoco crean que soy el único en esta ciudad que lleva el espíritu de San Fermín profundamente arraigado, que yo conozco a senegaleses que corren los Sanfermines por el Paseo Marítimo. Aunque admito que lo del periódico enrrollado tenía más encanto que azuzar con la tablet o con bolsos falsos.
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