Hay que ver cómo, de forma inesperada y sorpresiva, la vida da un misterioso giro y el que era el peor momento de tu vida, empeora aún más y lo que parecía no tener solución, sigue sin tenerla. Por eso siempre digo que hay que ser optimistas y no perder la esperanza.
Fíjense en mí por ejemplo, hasta hace unos meses mi ropero era el de un yihadista de Mosul, con todo viejo y hecho polvo; prendas raídas, rotas y descoloridas que parecían el atrezo de la segunda parte de “Salvad al soldado Ryan”.
Pues miren por donde, por un giro del destino, van y se ponen de moda los pantalones rotos, y paso de vestir como un pobre a vestir como un fashion total. Que ahora solo me falta el tupé, la barba y la bici para arrasar.
Y todos esos vaqueros rotos que parecían robados del depósito de pruebas de la Guardia Civil, han pasado a ser la estrella de mi vestuario.
Hasta las camisas que tenía olvidadas, algunas con agujeros estilo fusilamiento al amanecer, me dan ahora ese toque de maduro moderno como los que aparecen en los anuncios de familia feliz de mentira de la Agencia Tributaria.
Incluso he pensado ampliar mi estilo fingidamente descuidado, la "estrozaíto fashion" como la llamamos en el mundo de la moda, con esos viejos calcetines que puedes ponerte por ambas partes, e incluso utilizar calzoncillos de la misma antigüedad, que seguro que es lo que hoy pone a cien a las valkirias fashion cuando llega el momento romántico. Todo en plan roto y lleno de boquetes; bueno menos lo más íntimo, porque si está lleno de agujeros no resulta muy útil y puede que la gachí te venga luego con un problemilla.
Creo que hasta podría llevar esta moda a la alimentación e ir más allá de la dieta mediterránea, llenando la nevera de comida podrida. Seguro que en cuatro días salía un reportaje en algún dominical hablando de un estudio que acababa de descubrir que lo caducado y pestilente quita las arrugas y es bueno contra el cáncer.
Es más, yo hasta apostaría por hacerlo más vintage y montar franquicias con ropa rota y sucia, si es posible robada. Todo a precios escandalosos, por supuesto.
Ya saben, una marca para esa gente que no se conforma, independiente, que está por encima de formalismos; para esos transgresores que creen en las personas y no en las etiquetas, que saben que eres tú el único que decide cómo quieres vivir. Una marca, en definitiva, para los que compran en la teletienda.
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