Pues con eso de que la semana que viene empieza la Cumbre del Clima, pa mí que están dramatizando demasiado lo del calentamiento global, porque esto de que la cosa termine en catástrofes meteorológicas que devasten la faz de la tierra tiene también sus aspectos positivos.
Y eso que yo estaba preocupado con el tema, al menos hasta que escuché en la tele que, de seguir así la subida de las temperaturas y el deshielo en los polos, gran parte del litoral mediterráneo quedará sumergido bajo las aguas.
Lo primero que hice, claro está, fue medir los metros lineales que hay desde la línea de bajamar hasta mi sucursal de Abarca y Devora Ltd. Bank. Con contenido júbilo comprobé que, para dentro de 20 años, el director de mi banco iba a estar ofreciéndole las hipotecas a pulpos y mejillones, por lo que nada me impide pedir ahora crédito con una amortización a ese plazo o superior y así no tendré que pagarlo.
Es cierto que los de Abarca y Devora resultan asaz avezados y que es posible que le endosen mi deuda a cualquier bicho de las profundidades para obligarme a devolver el dinero bajo amenaza de devorarme. En plan Cobrador del Frac pero con afiliados dientes y olor a freiduría.
Sin embargo, también he previsto esa posibilidad. O incluso si al banco se le ocurriera ponerle a los empleados chalecos salvavidas para que siguieran esquilmando a los clientes, no pasa nada. Podría pagar la deuda.
Al haberme trasladado a un recóndito barrio de Marbella en las tierras altas, cuando se produzca el cataclismo y un tsunami acabe con toda forma de vida en las zonas aledañas a la costa, yo estaré a salvo y mi actual casa tamaño Click de Playmobil, quedará en primera línea de playa revalorizándose de forma inmoral. Y viviré, otra vez, en la nueva Golden Mile.
Quizá, en mi caso, lo de residir en zonas pijas de glamour y lujo, rodeado de Borjamaris de Majadahonda y de valkirias siliconadas no es casualidad, sino parte de mi inapelable destino.
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