Aunque no me guste confesarlo, reconozco que tengo un poco de cargo de conciencia porque ayer me comí una fabada a pesar de los devastadores efectos que esta legumbre tiene sobre los gases de efecto invernadero. Y coincidiendo con la Cumbre del Clima.
La verdad es que no lo hice de mala fe, de hecho carezco de ella, pero ya durante la sobremesa de los tres platos de alubias con todos los avíos, comencé a sentir esa especie de nudo gordiano en mis tripas cuya única resolución pasaba por contar con una vía de escape. Entonces me di cuenta de que los reunidos en el COP25 jamás me perdonarían emisiones gratuitas de CO2 a la atmósfera.
Además, mi conciencia tampoco sería indulgente conmigo y por las noches tendría pesadillas con Greta Thunberg, con esa pinta de niña cabreada del Exorcista que tiene, y la vería a los pies de mi cama señalándome con el dedo y gritándome que yo le había robado su futuro.
E incluso temía, si permitía el fatal desenlace del nudo gordiano intestinal, que me montaran una manifa aquí a las puertas de mi gruta. Fijo que ya estaban convocándola por Twitter y, al abrir la puerta, aún en este recóndito barrio de Marbella, en las Tierras Altas, me encontraría con una multitudinaria manifestación de ecologistas culpabilizándome del cambio climático mientras los antidisturbios trataban de evitar mi linchamiento. Seguro que hasta estaría Puigdemont pidiendo la libertad para los presos.
Sin embargo, cuando el escape tóxico parecía ya inaplazable, se me ocurrió la solución.
Salí a la calle y le pregunté al primero que pasaba si tenía gases. Me dijo que no, que se encontraba bien. Entonces, en aplicación del Acuerdo de París y respetando el aún vigente Protocolo de Kioto, le di 2 euros para comprarle su cuota de emisiones contaminantes y permití a la naturaleza seguir su curso mientras cantaba el "Asturias patria querida".
Esto de que los pudientes podamos contaminar no será muy justo, pero te quedas que no veas.
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