Siendo hoy el día internacional contra las falsificaciones, debo decirles que las autoridades se están confundiendo al perseguir un delito que no es tal, sino un arte en el que, sin embargo, se ha colado mucho advenedizo en los últimos años.
Porque si nos ponemos a perseguir todo lo que es más falso que Judas, me veo a la mayoría de los políticos correteando por ahí perseguidos por la Policía Municipal.
De hecho, yo no seguiría secundando las estrategias meapilas de hacerme el ofendido y poner cara de estreñido para manifestar mi solidaridad con la causa, sino que me enfrentaría a la realidad de los hechos y a la fatalidad de mi destino.
Por eso si yo fuera cargo público, aprovecharía para vender bolsos y pañuelos falsos en mi despacho, o a las puertas de la institución pública en la que hiciera como si trabajo. Y si, además, hubiera sido elegido democráticamente, empezaría por supuesto por mis electores, que si me han votado, seguro que pican otra vez.
Sin embargo a eso se limitaría un advenedizo recién llegado, porque los que somos puferos de corazón, los que aceptamos los dogmas de que "lo falso es bello" y de que "más vale falso que nunca", no nos limitamos a aprovechar el momentáneo pelotazo.
Si yo fuera ese cargo electo, tras el bolso, también le colocaba al votante unas gafas de sol falsas, porque con la vista que tiene al elegir, qué más le iba a dar machacarse los ojos con unos cristales cutres.
Y, finalmente, sublimaría la faena vendiéndole un reloj de pufo, con calendario y cronómetro, para que siempre supiera cuánto tiempo me queda en el cargo y cronometrara cuánto tardan los de la UCO de la Guardia Civil en trincarme. Porque les digo algo que no es baladí: los que tenemos vocación de servicio al ciudadano sabemos que lo importante es la transparencia y que el votante esté informado, que una cosa no quita la otra.
Ratio: 3.5 / 5
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