Ayer fue un día duro para mí, perdí a un compañero leal que, durante años, corrigió muchos de mis errores y limpió lo que yo ensuciaba: murió mi trapillo de cocina.
Todos saben que es un vínculo muy especial el que une a cualquier cocinero con su trapillo de cocina. Aunque no lo parezca, es siempre el segundo al mando, por eso, cuando los chef no nos estamos secando las manos con él, nos lo echamos al hombro, como el loro que lleva el capitán pirata mientras está al timón de su galeón.
El mío era un trapillo de los de la vieja escuela, nada de Spontex, Vileda o mariconadas de esas fabricadas a base de mucho I+D+i y muy poco corazón. El mío era de los de algodón 100% de toda la vida, de los que siempre estaban mojados y sonaban “¡chasssss!” cuando lo dejabas caer sobre la encimera. Era de esos que ni limpiaban ni secaban, aunque cumplía a la perfección con su misión de empujar hacia el suelo todo lo que no secaba ni limpiaba.
Jamás olvidare su porte marcial, con espinas aún clavadas de los espetos del pasado verano, algunos restos de cordero de Nochevieja, manchas de salsa boloñesa con sus trocitos de carne pegados que recordaban a las heridas producidas por la metralla. Tenía también varios agujeros y quemaduras de los descuidos con la plancha y con los puros habanos que me fumo mientras cocino.
Una vez un amigo me dijo que mi trapillo parecía una enciclopedia de enfermedades hemorrágicas africanas.
Quizá, pero un trapillo de cocina no es solo el aspecto. Su nauseabundo olor no solo recordaba a refrito rancio con aceite quemado, a arroz pasado o ha pescado podrido, recordaba también a campo de batalla en los fogones, al fragor del combate del cochinillo en Navidad y a aquella urta a la roteña que se me quemó un poco y rebauticé como urta a la Vietcong.
El olor de mi trapillo recordaba a victoria. Descansa en paz compañero.
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