Mala suerte tuve el otro día cuando al llegar a la carnicería del súper me encuentro que la única persona que había era la fatídica clienta C.S.I.
Como los de la tele, la clienta C.S.I. medita mientras deambula ante la vitrina de las carnes estudiando la escena del crimen. De pronto, se detiene, se acerca al cristal para ver mejor la ternera, se coloca las gafas de cerca y pregunta al carnicero si es gallega o irlandesa, y si lleva mucho tiempo en la vitrina.
El hombre lamenta no tener ni idea porque dice que no se conocían de nada, aunque sí puede prometerle a la clienta C.S.I. que ha puesto la pieza esta mañana en la vitrina y, desde entonces, no se ha movido de ahí.
Yo lo veo todo con claridad, esas calculadas preguntas que parecen hechas al azar mientras el carnicero permanece ahí de pie, con el mandil ensangrentado y un cuchillo en la mano, ante los cuerpos de todos esos animales muertos, en medio de la escena del crimen. Pretende incriminarle.
Pero, de repente, cambia de opinión y se dirige a otra parte de la vitrina. Los que llevamos ya media hora esperando en la ya numerosa cola nos preguntamos si habrá descubierto algún otro indicio relevante.
Se interesa por el pollo y le pregunta al carnicero si es de corral o de granja. Me veo obligado a intervenir y le digo a la señora que el ave es de aquí, de la misma Golden Mile. De hecho, éramos vecinos, no nos conocíamos mucho pero siempre fue amable y educado. Era un buen pollo, no creo que tuviera enemigos y, por si lo estaba pensando, le advertí que yo no lo hice y que tenía coartada.
Aunque me mira sorprendida, decide llevarse el ave. En la cola empezamos a hacer una colecta para pagarle el pollo y que se largue de una puñetera vez, pero va y lo pide troceado y sin piel. Maldita, quiere una autopsia. Todos a la pescadería que hoy no toca carne.
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