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De Feria

Milton

Martes, 06 de Junio de 2017

Ya lo tengo todo listo para la feria, que es lo más grande; porque yo soy muy cosmopolita pero cuando se trata de fiesta y cervecilla, soy de donde haga falta.

Aunque este año hay errores que no voy a cometer, como el de los fuegos artificiales, que la vez anterior estaba en el paseo marítimo viendo el evento cuando, admirado por el espectáculo de luz y sonido, exclamé, “¡Alá, que grande!”, y se me echaron veinte policías encima creyendo que era un integrista de esos.

Este año tampoco voy a bajar en caballo al centro. Lo de la anterior feria no me dejó buen sabor de boca, porque como no tengo caballo le pedí a una de mis vecinas de la Golden Mile que me dejara su perro para llevármelo de fiesta.

Como era uno de esos chuchos pequeños de lengua larga, no hubo forma de colocarle la silla de montar y, cuando me intenté subir en él, me mordió en las partes íntimas por lo que decidí dejarlo en los establos y que se fastidiara sin feria.

Así que este año me voy en autobús, que eso sí que es peregrinar y no lo del Rocío. Si logras sobrevivir a la solanera en la parada tras la media hora de espera, siempre te toca un conductor que parece haberse sacado el carné en la autoescuela de Al Qaeda y, entre acelerones y frenazos, llegas al centro rodando dentro del bus, dándote achuchones con todos los pasajeros, como si fuera una bolera móvil.

Lo que sí repito en esta edición es mi traje de corto, que causó sensación el año pasado. Con sus pantalones bermudas en plan borjamari del mismo Majadahonda para tener refrescadas las canillas, las mangas de la camisa también cortas, asomando tímidamente los gemelos bajo los sobacos, elegante pero sin estridencias.

Luego, en vez de la tradicional chaquetilla, chalequillo, ajustaíto pero sin apretar, para lograr un look actualizado entre ir de corto y de maître de restaurante de medio pelo. Por supuesto, nada de corbata, pajarita roja con lunares blancos. El mismo sombrero cordobés con el ala agujereada para que cuando pase la luz del sol mi cara aparezca también a lunares, a juego con la pajarita, que eso es muy andaluz.

Más problema plantea el catavinos colgado del cuello, que el año pasado me puse una jarra de pinta de cerveza para que me echaran más manzanilla que a los demás y, cuando me lancé por sevillanas iba ya medio estrangulao, que parecía un costalero de la Esperanza en vez de un feriante.


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