Yo creo que la gente le está dando demasiada importancia a lo de las tarjetas black y hasta considero que están siendo algo injustos con Rodrigo Rato.
Porque les digo una cosa, si en vez de Bankia fuese mi sucursal de Abarca y Devora Ltd. Bank, y al entrar un día por la puerta, sale el director y me entrega una tarjeta de crédito para que me pula el dinero del banco, dejo a Rato y a todos los demás en simples aprendices.
Tengo yo tanto peligro con una tarjeta que mi banco me ha dado mi conocida Visa Temblorosa, esa a la que le entran los espasmos y se niega a salir del bolsillo cuando te acercas al cajero. Recuerdo incluso que, antes de todos estos avances tecnológicos, cuando me veían acercarme al cajero automático de Ricardo Soriano, salían dos empleados de la entidad, cogían la máquina y echaban a correr con ella por la calle mientras yo les perseguía blandiendo la tarjeta y gritando que de verdad que mi cuenta tenía fondos.
Antes de eso tuve la Mastercard Yihadista Platinum, que se inmolaba si la rechazaban en cualquier establecimiento. Obviamente, viajó al paraíso la primera vez que intenté colarla para pagar unas cervecillas.
Sin embargo debo confesarles que fui yo el inventor de la tarjeta opaca. Y fue por una novia que tuve que se llamaba Francisca, que una Navidad me regaló una tarjeta de crédito con cargo a su cuenta, y me emocioné tanto que exclamé “¡Oh!, Paca”. Buena chica, aunque algo boba, según dijo el juez cuando le embargaron hasta las gafas. Pues de ahí le viene el nombre, de mi novia.
El por qué los exdirectivos de Bankia llamaban a las suyas "tarjetas negras" es algo que tendrán que explicar a sus esposas, los muy pillines; aunque entiendo el morbo del rollo étnico, que lo he visto en Puerto Banús.
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