Lo curiosa que es la vida, quién me iba a decir que a estas alturas iba a aprender más sobre mí gracias a la cervecilla redentora.
Porque hasta ahora yo utilizaba el método clásico para consumir este néctar de dioses, consistente en beber rápido y lo más barato posible, aunque lo ideal es siempre que te inviten; la cervecilla de gratis sabe mejor.
Pero como casi siempre pasa con los grandes descubrimientos, ayer aprendí por casualidad que la cerveza te ayuda a conocerte a ti mismo.
Estando en la terraza de una biblioteca de la Golden Mile, me eché a la bebida. La mitad del vaso al modo clásico, la otra mitad me la eché por encima al darle un manotazo accidental.
Sin embargo, lo que en principio pareció una pérdida irreparable, se convirtió en un gran avance para la Humanidad al percatarme de que el frío líquido había caído íntegramente sobre mis pantalones. Concretamente sobre esa parte de la prenda que protege la zona de mi cuerpo que menos quiero ver sometida a los cambios bruscos de temperatura.
Obviamente, como cualquiera con dos dedos de frente, lo primero que pensé fue en chupar los pantalones para recuperar todo lo posible de la media caña, pero la postura en un local público se me antojaba inapropiada y la camarera se negó a ayudarme argumentando que, además de torpe, era un guarro; ya saben, llega el verano y en la hostelería contratan a cualquiera.
El frío líquido me obligó a regresar al Milton Palace caminando como Chiquito de la Calzada y, a medida que iban aumentando los síntomas de congelación, notaba cómo se relajaba mi virilidad. Al llegar a casa me debatía entre ponerme Leyla o Sabrina como nombre artístico. Sin embargo, al quitarme los mojados pantalones, volví a ser el machote de toda la vida.
Fue así como aprendí que la cerveza te ayuda a conocer tu otro yo. Fíjense, y eso pasó con media caña, si llega a ser una pinta de cerveza hoy sería una drag queen, seguro. Pero creo que habría elegido "Leyla", me parece que me pega más.
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