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La urbanización

Milton

Jueves, 01 de Junio de 2017

Susto me di el otro día cuando me despisté por una de las cientos de urbanizaciones que hay en esta ciudad que no aparecen ni en el Google Maps.

Y venga a dar vueltas con el coche pa rriba y pa bajo para terminar siempre en la misma rotonda. Casitas idílicas, como recién pintadas, aceras ajardinadas con el césped cortado con precisión de cirujano, las líneas blancas del asfalto como recién lavadas con Ariel.

Por supuesto, como en todas estas urbanizaciones, ni un alma en la calle. Empecé a temer que, probablemente, dentro de algunos años encontrarían casualmente mi cuerpo inerte en cualquiera de estas calles tan pulcras, aún dentro del coche, muerto de inanición o estrangulado con el cinturón de seguridad presa de la desesperación, medio devorado en todo caso por fieras salvajes.

Siempre he sospechado que todas esas urbanizaciones remotas y superpijas están diseñadas por algún estudio de arquitectos e ingenieros expertos en mimetización y ocultación. Ya saben, pensadas para mafiosos, miembros de los cárteles mejicanos, ex oficiales nazis que escaparon a los juicios de Nuremberg y empresarios que realizaron en su país una quiebra fraudulenta dejando en el paro a 500 empleados.

No hay números en las casas, ni carteles con los nombres en las calles, el cartero nunca deja cartas en los buzones, todo pensado para complicarle el asalto a los GEO.

Además, todas esas urbanizaciones tienen varias salidas a diferentes partes de la ciudad o a la autovía, son rutas de escape por si hay que realizar una huida precipitada ante el acoso policial.

Pero, en de pronto, interrumpí mi reflexión al ver lo que parecía un ser humano andando por la acera. Reduje la velocidad para no asustarle. Sí, no había duda, era humano.

Entonces, detuve el Miltonmóvil junto a él, bajé del coche, saqué la bandera del maletero y, ante sus sorprendidos ojos, le pedí que no temiera nada. "Yo, amigo", le dije, le abracé fraternalmente y le entregué cuentas y abalorios que siempre llevo conmigo para tratar con los indígenas.

Entonces clavé la bandera en el césped y tomé posesión de esas tierras ignotas en nombre de Isabel de Castilla y de Fernando de Aragón. Di los tradicionales vivas a España y al rey y el hombre salió corriendo llamándome majarón.

Es curioso como los pueblos indígenas conquistados son conscientes de la fatalidad de su destino.


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