Los que empiezan el nuevo año con propósito de enmienda se equivocan. Lo que ahora consideran el cúmulo de errores cometidos en 2018 es, en realidad, un inestimable patrimonio de experiencia que les será muy útil para repetir durante 2019 las mismas estupideces, pero ahora con conocimiento de causa.
Fíjense como, de hecho, hasta existe ya un turismo experiencial, que consiste en volver al siguiente verano a comerse la paella cutre a 28 euros el plato, o en reservar de nuevo en ese alojamiento rural que recuerda a los barracones del Tercio Gran Capitán, y solo por 158,55 euros la noche, desayuno incluido por supuesto.
Pues los errores cometidos el año anterior son lo mismo: un torrente de conocimiento que te enseña aspectos tan esenciales en la vida como el de que el exhibicionismo no puede practicarse con zapatos de fino tafilete italiano con calcetines burdeos a juego con el forro de la gabardina Burberry pues, aunque elegante, impide huir de la Policía Local con suficiente celeridad, por lo que recomiendo calzado deportivo y el chándal, en plan como si fueras a descargar hachís en La Atunara.
También he aprendido en 2018 que no se debe pagar al banco con puntualidad porque, tras no haberlo hecho nunca, llegas un día con ánimo de agradar a ingresar para que no te devuelvan un recibo y le da la taquicardia al de la caja mientras el director de la sucursal intenta colgarse en su despacho al considerar que su vida ya no tiene sentido. Un susto.
Y, por supuesto, esencial el conocimiento adquirido el año anterior en materia de valkirias exuberantes, porque la sutil sugerencia para realizar actos guarrunos inenarrables que en 2018 terminó con esa guantá de salirte varios piños en plan “mariquita el último”, puede convertirse en 2019 en la fórmula del éxito cuando, con elegancia, le recuerdes a la interesada que, aunque haya pasado un año, gallina vieja hace buen caldo. Los románticos somos así.
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