Es evidente que lo de vacunarse “voluntariamente” era solo un eufemismo y que aceptar la ahora triple inyección iba a terminar siendo una obligación más impuesta a todas las poblaciones manu militari por unos gobiernos europeos a los que cada día cuesta más aceptar los derechos y libertades de sus ciudadanos.
Las grandes catástrofes -especialmente las guerras- que ha padecido la Humanidad suelen convertirse en una coartada para el ejercicio del poder de un modo más absoluto. La pandemia no iba a ser una excepción y ha ofrecido a la mayoría de los gobiernos occidentales la excusa perfecta para nazificar la democracia, recortar derechos y libertades, domesticar más a un ya dócil ciudadano y, en definitiva, ejercer el poder de un modo totalitario, más despótico y, desde luego, más alejado de la sociedad a la que debería servir.
La vacunación contra el coronavirus es una muestra palmaria de que, "el líder", una vez acostumbrado a utilizar ese poder a su antojo, no es remiso a renunciar a él cuando la emergencia ha pasado.
Ahora, es ese Estado “gran hermano” el que acosa a los que han ejercido su derecho a no vacunarse a través de la fórmula de la represión y privación de derechos y libertades. No estás obligado a ponerte la vacuna, pero te confino y separo socialmente si no lo haces.
El inconstitucional pasaporte covid se convierte en el nuevo documento de ciudadanía y los que no lo tenemos empezamos a recordar ya a aquellos europeos de los años 30 a los que se marcaba con una estrella amarilla sobre la ropa.
En ese proceso de nazificación de las democracias, curiosamente es Austria, país de origen de Adolf Hitler, la que parece llevar la voz cantante. Ha decidido confinar a los no vacunados, dos millones de ciudadanos de los alrededor de 9 que tiene el país.
Por suerte para ellos, son demasiados para meterlos a todos en campos construidos ad hoc y, por el momento, podrán padecer la privación de libertad en sus casas. No podrán acceder a locales públicos y a muchos servicios por no estar vacunados, si bien, no se librarán de sus obligaciones como borreguitos del rebaño: acudirán a trabajar, producirán y pagarán sus impuestos, ese es uno de los pocos motivos por el que podrán salir sin ser multados. Es curioso que la leyenda que había en la entrada de los campos de concentración durante el régimen nazi rezara: “El trabajo hace libre”.
Y Austria no es el único país europeo que está "marcando" a sus ciudadanos no vacunados. España no ha comenzado aún a hacerlo, pero no será una excepción, sobre todo con un gobierno que se siente tan cómodo utilizando la ley para obligar al país a pensar con un único criterio y tipificar como delito el libre albedrío.
Si nosotros, los corderos, no empezamos a actuar como leones, nuestros "líderes" corromperán lo poco que queda de democrático en Occidente y la Europa de las libertades en la creemos vivir pasará a la historia como otro experimento político fallido.
No hay que olvidar que el nazismo fue vencido precisamente, no actuando como corderos, sino luchando como leones. Es posible que tengamos que volver a hacerlo.
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