Este fin de semana he estado en una barbacoa y aunque sé que para muchos no es algo especialmente relevante, yo admito que, cuando acudo a uno de estos eventos, suelo emocionarme.
Una barbacoa dominguera es un recorrido por la Historia de España y nada más el hecho de acumular el carbón para meterle fuego hace surgir en mí al inquisidor que todo buen español lleva dentro.
Admito que, viendo las primeras llamas y ese fino hilo de humo purificador subiendo hacia el cielo, experimento la misma excitación que debieron sentir aquellos hombres que, en el siglo XVI, preparaban las piras para quemar infieles y brujas.
De hecho, a veces me dejo llevar por la pasión y, antes de poner las alitas de pollo en la parrilla, les doy la oportunidad de arrepentirse de sus pecados, renunciar a satán y abrazar la auténtica fe. Ninguna se arrepiente jamás, así que a la hoguera. Pecadoras.
A los chorizos criollos ni les pregunto porque proceden de la América indígena y, en consecuencia, son paganos entregados a ritos tribales y a la lujuria pecaminosa, por eso tiene un sabor picantón al final.
Y también admito otra cosa: envuelto en esa intensa humareda y rodeado de angustiosos gritos, unos pidiendo más carbón, otros advirtiendo de que la carne se está quemando mientras el perro ladra buscando la generosidad de algún comensal, me siento como Agustina de Aragón en medio de la batalla, al pie del cañón, con la mecha en una mano, defendiendo Zaragoza ante los franceses.
Pero lo digo en plan metafórico, que por hacer una barbacoa uno no sale del armario convertido en heroína nacional. Bueno, a lo mejor si es una barbacoa vegetariana sí que te puede pasar.
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