Tengo que confesarlo, fui yo el del ciberataque a nivel mundial de ayer viernes, pero debo añadir que no fue tan grave como dicen. Lo que pasa es que los de la tele son unos exageraos y si no hay tragedia, no hay noticia.
Aunque la culpa en realidad es de mi webmaster del universo, que monta esto del periódico digital y me dice que jamás pinche en ese botón en el que pone “Milton, no pinches aquí”. Seguro que lo hizo por provocarme.
Entonces, sospechando que tenía allí las fotos guarrunas que seguro que se baja de internet, cosa que yo no hago jamás, pues le di así como levemente con el ratón al botón en cuestión y apareció esa pantalla preguntándome si quería apagar las luces de las pistas de aterrizaje de media Europa.
Evidentemente, pulsé el “sí” porque al precio que va la luz no se puede ir por la vida dejándoselo todo encendido. Luego llega la factura de Endesa y nos quejamos.
Solucionado este problema y pulsando aquí y allá llegué al sistema semafórico de regulación de tráfico. Siendo viernes, los puse todos en verde para que la gente pudiera llegar antes a casa del trabajo. Abrí las compuertas de una cuantas presas para que los chavales pudieran hacer surf y apagué no sé qué del sistema de refrigeración del núcleo de una central nuclear, que los aires acondicionados gastan un montón y todavía no hace calor para encenderlos.
Casualmente, también pasé por la web de Telefónica y aproveché para borrar las llamadas a teléfonos eróticos que esta empresa siempre me factura por error. Además estuve en la página de Interpol e incluí al director de mi sucursal de Abarca y Devora Ltd. Bank en la lista de los yihadistas más buscados. Ya saben, en plan bromilla, para echar unas risas.
Pero por mucho que trasteé y trasteé, el único atisbo de esperanza de encontrar algo interesante lo albergué cuando vi que había un apartado de Vigilancia de Costas en la web de la Guardia Civil.
Por supuesto pulsé el botón, pero no tenía nada que ver con las "Vigilantes de la playa" de toda la vida. Ni gachiles exuberantes con diminutos bañadores rojos, ni Pamela Anderson correteando por la orilla asiendo fuertemente en la mano aquella cosa naranja tan enorme y puntiaguda que utilizaban como sugerente flotador.
Y de las fotos guarrunas de mi webmaster del universo, ni rastro. Vicioso digital.
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