Pocos tenemos sensibilidad suficiente para gozar de un lujo tan sencillo como lo es despertarse con música cada mañana.
Desde que están arreglando mi terraza tengo la suerte de abrir los ojos cada mañana bajo los acordes de la última pieza de la Sinfónica de Currantes de Construcciones Manolo, S.L.
Es cierto que, a veces, cuando a las ocho de la mañana comienza la pieza con el contundente sonido de la sierra radial, provoca en el oyente cierta angustia y desazón, pero yo creo que el capataz, auténtico director de la orquesta, sabe que hay que provocar al espectador desde el principio para que se implique con la orquesta.
Luego, el rítmico sonido de los martillos pilones, seguido del sutil repiqueteo de las taladradoras que, en un claro allegretto, causan los primeros espasmos y babeos en el que ha visto truncado su sueño.
De pronto, el silencio. Un segundo después, el terrible y uniforme golpe de las apisonadoras neumáticas que, en vivacissimo, te devuelven al estado más primitivo, provocando sentimientos encontrados, debatiéndose el oyente entre rendirse a tanto arte y la inmolación purificadora.
Y luego, esa arietta molto bellicoso, del mismo capataz, dando chillos a Matías para que apague la hormigonera y acordándose de la madre del que trajo esas losas que no eran las que él había pedido. Es entonces cuando brotan de mis ojos, ya enrojecidos por la falta de sueño, lagrimones como puños de la emoción, y comprendo lo que sentía Beethoven cuando componía, que era sordo porque también le hicieron obras en la terraza.
Ratio: 5 / 5
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