Cada vez que en un anuncio de la tele alguien abre la nevera, el interior aparece repleto de frutas y verduras cuya exuberancia no superan las valkirias de Banús. Además todos los taper son iguales y encajan perfectamente en los cajones.
Botes, botellas y latas aparecen tan marcialmente alineados que dan envidia a una escuadra de gastadores de La Legión.
En las neveras de la tele solo hay alimentos sanos y caros, propios de la dieta mediterránea, con pescados maravillosos que lucen con tanta frescura como las modelos de Victoria Secret.
Y la puerta, ¿qué me dicen de la puerta?
Cuando se abre la puerta de una nevera de la tele no se enciende una bombilla sino los focos de la alfombra roja de Cannes y todo es lujo, derroche y glamour, como si los anuncios los rodaran en casas de procesados de la Gürtel.
Porque hasta hace poco yo pensaba que las baldas de mi nevera estaban pringosas porque el fabricante las untaba con algo para que los alimentos no escapen por su propio pie cuando se te olvida tirarlos.
También creía que era autolimpiable y resulta que eso era el horno.
Me lo explicó una exnovia que me dejó porque al abrir una vez el frigorífico le atacaron los restos de rabo de toro que había en un plato. Yo no quise discutir pero a quién se le ocurre ponerse delante de un plato de rabo de toro de varios años de edad con una camiseta roja. Pa’berse matao.
Recuerdo que una vez pretendí limpiar el cajón de la verdura y estuve a punto de terminar en el juzgado porque la Junta de Andalucía me lo había declarado espacio natural protegido y no se podía tocar ni una rama.
Aunque les digo una cosa, las neveras de la tele serán maravillosas, pero no curan. En la mía, cuando tengo cualquier infección, respiro una vez cada ocho horas en la bandeja que hay para la carne y, a la semana, como nuevo. Y sin gastarme un duro en penicilina.
Ratio: 5 / 5
Comentarios potenciados por CComment