Todas las primaveras se repite el ciclo y, tal y como explica el programa de la tele de National Geographic, el rinoceronte blanco persigue con ánimo lujurioso a la rinoceronta y los pajarillos cortejan a las pajarillas de árbol en árbol.
Bueno, aquí en la Golden Mile se pasan casi todo el año de primavera, quizá porque por esta zona hay unas pájaras de impresión, o tal vez sencillamente son unos fornicadores enfermizos. No se vayan a fiar de la pinta de buena gente con plumas que tienen los pajarillos, ¿o de dónde creen que viene el “síndrome del nido vacío”? De que el muy pájaro se camela a la gachí con cenita romántica dándole alpiste y, a la mañana siguiente, la pajarilla se despierta y el otro ya ha volado.
Sin embargo, una injusticia histórica es la de que los que primaveralmente no somos así, sino que seguimos portándonos como caballeros, tenemos el peor cartel. Fíjense en las abejas, lo fundamental que es su labor para la polinización; pues a los machotes que son los que curran para llevar el pan a la colmena les llaman zánganos, como si fueran vagos e indolentes. Qué injusticia.
Yo, amigo siempre de causas perdidas, me he sentido muy identificado con este colectivo tan injustamente tratado y ya en mi juventud zanganeaba y me echaba novias de nombre floral como Azucena, Rosa, Margarita, Violeta o Virginia, a las que proponía polinizar para cumplir con el ciclo de la naturaleza.
Y así fue como descubrí por qué están desapareciendo las abejas: por las guantás que pegan las flores, pero de esas de saltarte los piños en plan “mariquita el último”.
Ni las valkirias con nombres de vegetales tienen ya conciencia ecológica.
Aunque es verdad que esto de la violencia injustificada no solo pasa con la vegetación exuberante, también en el mundo del motor, que una vez salí con una Mercedes que me caneó con saña solo porque me ofrecí caballerosamente a medirle el nivel de aceite con mi varita. Luego se quejará cuando no pase la ITV.
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