Con eso de que los obreros me están poniendo la terraza Basora Style, he tenido que pasar el mal rato de retirar las macetas.
Muchos pensarán que no es tan grave, pero para mí no se trata de mover unas cuantas plantas sino de remover mi pasado.
Cada florecilla mustia, cada rama seca que hay en mi terraza es el recuerdo de un amor perdido, porque han sido las numerosas valkirias exuberantes que han pasado por el Milton Palace las que, animadas por la pasión del momento, aparecían con la macetita para darle un toque femenino a mi hogar y castillo.
A decir verdad, yo también le veía al asunto su aspecto táctico, y lo de poner la maceta en la terraza sonaba demasiado a la imagen de los marines colocando la bandera en Iwo Jima. Además, tenía el valor estratégico de una declaración de principios, ya saben, una forma sutil de decir “aquí me quedo”. Sin duda, había sido invadido.
Pero desaparecida la pasión, la valkiria huía despavorida, abandonándome a mí y a su bandera. Con el tiempo, la terraza se convirtió en un camposanto de macetas muertas. Tantas que, de haberse enterado el Seprona, seguro que me meten un paquete por delito ecológico.
Y muchas tardes he errado perdido por ese cementerio del amor, entre todas esas florecillas inertes, rememorando los mejores momentos guarrunos y lamentando en soledad haber perdido a todas aquellas ex, especialmente a las que eran inmensamente ricas. Los románticos sabemos que el amor no es solo sexo, el dinero también importa.
Ratio: 3.5 / 5
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