Aunque admito que yo no soy de los que celebran el Día de los Enamorados, me conmueven las muestras de pasional afecto que suelo recibir.
Y, como siempre, la primera prueba de amor de cada 14 de febrero me la encuentro por la mañana, cuando recojo el correo. Allí esta siempre la romántica carta de mi sucursal de Abarca y Devora Ltd. Bank, con todos los números de mi cuenta en rojo, y los extractos de la Visa, con su tradicional “¡Último aviso!” en grades letras, también rojas.
Les digo una cosa, aunque tengan esa fama de buitres y de usureros, los de las entidades financieras y crediticias, en el fondo, son unos romanticones.
Eso también le pasa a muchas valkirias exuberantes, que se hacen las estiradas y distantes, pero cuando llega el Día de los Enamorados se ponen en plan sentimental.
Recuerdo un 14 de febrero, cuando vi por la calle a una gachí a la que alabé la voluptuosidad de sus atributos y me soltó una guantá de la de varios piños volando en plan "mariquita el último". No veas, cuando yo vi esa sangre tan roja chorreándome por los morros entendí la romántica metáfora de su declaración de amor. Pa mí que hasta tenía estudios.
Admito incluso que me parece bonito lo de regalar unas rosas rojas en estas fechas, porque simbolizan perfectamente ese romanticismo: las compras con dinero y por docenas y a los tres días, a la basura.
En eso hay que admitir que las vendedoras de rosas chinas de Banús son más espabiladas, que van por el puerto ofreciéndote “losas lojas”. Y no es que las losas de Loja sean nada especial, pero duran más y las puedes poner en el suelo. No veo por qué no puede ser igual de romántico regalar material de construcción. Nada une más que irte con tu pareja de compras al Leroy Merlin.
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