Como se habrán dado cuenta, el movimiento ciudadano “Sin Niños”, del que siempre he sido pionero, está alcanzando ya su madurez y posicionándose socialmente, incluso como alternativa política.
Lo único que nos falta, en realidad, es un 15M que nos permita eclosionar como una organización cohesionada que pueda llegar a ser alternativa de Gobierno, al igual que sucedió con Podemos aunque, en nuestro caso, mejor vestidos y haciendo las manifas en algún beach club de la Golden Mile.
Sin embargo nadie debe pensar que los leales al movimiento “Sin Niños” tenemos algo contra los críos, ni admiramos a Herodes, al que siempre hemos considerado un incompetente. Por el contrario, somos los que más nos preocupamos por la infancia, al ser partidarios de que los papás los dejen en casa cuando van a los bares o a los restaurantes. Es por el bien de ellos y de todos, sobre todo de los segundos. Al fin y al cabo, los críos no suelen tomar cervecillas y solo comen esas raciones de combate en plan comida de astronauta que lleva mamá en el carrito, por lo que su estancia en estos establecimientos públicos es un desperdicio de espacio.
Además, son los únicos humanos que, cuando tienen sueño, en vez de dormirse como todo el mundo, se ponen a dar berridos y si se pretende negociar con ellos hay que hacerlo sujetándolos por las axilas mientras se les balancea con suavidad, poniendo cara de alelao, hablándoles en diminutivo y con voz de pito, similar a cuando pillas un colocón de helio, cosa que yo nunca he hecho.
Aunque, les digo una cosa, a mí me parece lógico que los bebés estén siempre de mala leche cuando van a un bar: no les dejan beber, ni fumar, les obligan a ver el coñazo del fútbol y les atan al carrito para que no puedan perseguir valkirias. Es normal que se rebelen, en "Sin Niños" también tenemos ese espíritu de lucha.
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