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Síndrome posvacacional

Milton

Jueves, 02 de Septiembre de 2021

Como habrán visto en la tele, con la vuelta al trabajo aparece lo que los entendidos llamamos el “síndrome posvacacional”, que se produce cuando, al terminar el mes de asueto, el asuetado quiere otro mes, y otro, y otro, y todos los que caigan. Este síndrome también es conocido como el de ser más flojo que un muelle de guita y tiene un interesante origen histórico.

El primer caso de síndrome posvacacional conocido por la Ciencia es el del sastre de Tarzán. Acostumbrado a no pegarle un palo al agua en la jungla durante años por falta de clientela, el día que llegó Tarzán y le pidió que le cosiera un bañador, le entraron sudores fríos y espasmos musculares del estrés. Por eso, se habrán fijado que, en todas las pelis, Tarzán lleva siempre el mismo bañador; porque su sastre solo le pudo hacer uno antes de cogerse una baja por depresión.

No obstante, no se alarme. Existen medios para combatir este síndrome.

El mejor es que, cuando termine su mes de vacaciones, siga de vacaciones. Si sus circunstancias no se lo permiten por ser usted uno de esos pringados, esclavizado en un trabajo mal pagado, con un jefe que le sodomiza psicológica y laboralmente, y que subsiste como puede todo el año para disfrutar anualmente de unos días de gloria en una playa atiborrada de gente de su misma condición, lo mejor que puede hacer es corretear semidesnudo por la vía pública mesándose los cabellos y gritando que va a inmolarse. Con suerte, un francotirador del GEO pondrá fin a todas sus miserias de un certero e indoloro disparo.

Para aquellos que sean pacifistas, contrarios a la violencia armada, que disfruten de su patética existencia o que no quieran morir, la mejor forma de superar el síndrome posvacacional es no cogiendo vacaciones.

Al fin y al cabo, quién necesita pasarse un mes tirado en una playa, todo el día tomando cañas en el chiringuito, hartándose de marisco y viendo únicamente a jóvenes valkirias exuberantes con esos ínfimos bikinis que malamente cubren sus voluptuosas curvas. Sin un buen libro, sin un momento de introspección reflexiva, ni un debate como Dios manda sobre el trilema de Münchhausen y el relativismo gnoseológico. Impensable.

Porque les digo una cosa, la mayoría de esas supervalkirias de las playas que parecen tan superestupendas solo quieren utilizar al veraneante pringado como un objeto sexual para saciar su inenarrable lujuria.

Y, quién quiere pasarse todo un verano nada más que entregado a los excesos de la comida, el alcohol, fumando carísimos puros habanos y sometido a los frívolos placeres de la carne, víctima de los excesos de todas esas jóvenes insaciables.

Para eso uno se queda en casa y no sufre luego síndrome posvacacional. Háganme caso.


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