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Polinizado

Milton

Lunes, 24 de Mayo de 2021

Susto horrible me he dado al haber estado a punto de morir víctima de lo que yo pensaba que eran cientos de miles de coronaviruses. Fíjense que hasta en el teléfono ese de atención al cliente del COVID que ha puesto la Junta, me dijeron que sí, que lo mejor era confinarme donde me diera la gana y que no volviera a llamar más, que les tenía aburridos.

Así lo hice, durante varios días estuve cumpliendo cuarenta en diferentes bares de la ciudad y fue justamente un camarero, experto epidemiólogo a base de escuchar conversaciones de barra y los únicos realmente conscientes de que la culpa de todo es de los chinos, el que, tras examinarme, se percató de que, en realidad, se trataba de una alergia primaveral.

Le pregunté si estaba seguro de su diagnóstico y su afirmación fue categórica. Dijo que, tras haberle estornudado una docena de veces en la cara, cubriéndole de esas cosas viscosas que intentaba apartarse de los ojos, no le cabía duda de que era culpa del polen.

Y, aunque en principio me tranquilizó no tener coronaviruses, lo del polen me hizo levantar mi ceja suspicaz. Porque eso es lo que yo siempre les cuento a las valkirias exuberantes cuando logro pegar la hebra con alguna. Les explico lo de las abejitas y las florecillas del campo, y lo gratificante que puede resultar el proceso de polinización.

Es verdad que normalmente me sueltan una guantá de las clásicas, de las de salirte los piños en plan “mariquita el último”, pero es porque las valkirias de ahora suelen ser ecológicamente irresponsables y no tienen ni idea de lo importante que es el papel de las abejas en la naturaleza.

Sin embargo, había una cuestión a la que no dejaba de darle vueltas, y era al hecho objetivo de que, en esta ocasión, el cazador se había convertido en presa y era yo que el había sido polinizado. Empecé a sentirme mareado, tal vez con náuseas. Debía tratarse de los primeros síntomas del embarazo.

Seguro que fue la abeja aquella que estuvo rondándome el otro día mientras me tomaba las cañas en un chiringuito del paseo marítimo. Finge estar interesada en uno, te corteja pero, en cuanto te descuidas un momento, te clava el aguijón y ya está. Rey por un rato y madre para toda la vida. Sinvergüenza desalmada.

Pero no pienso victimizar mi maternidad, ni transmitirle la angustia de la obligada orfandad a mi bebé. Menos aún ahora, que hay un montón de ayudas públicas para los hogares monoparentales.


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