Ahora que me estoy enterando de qué va esto del mundo de internet, las páginas gües y los güifis, creo que lo que realmente me va, dada mi indudable cualidad de líder carismático, es abrir un blog.
Entiendo la sorpresa del lector, porque la primera vez que un conocido me lo recomendó, yo también pensé en el conjunto de hojas sujetas por un canutillo metálico donde se apunta la lista de la compra. Pero los que entendemos de esto del cibermundo sabemos que un blog es la expresión anarquista de un periódico digital: mientras en éste sigue existiendo la figura del jefe peñazo que te obliga a trabajar, te impide escribir sandeces y te coarta tu libertad de acceder a páginas guarrunas, en el blog, como es tuyo, haces lo que te da la gana y cuantas más majaronerías escribas, más gente te admira.
Es el símbolo máximo de la democracia digital. Tanto que, incluso, muchos famosos los tienen y, algunos, hasta escriben. Además es algo socialmente muy útil, solidario, no discrimina, no hay que lavarlo y es como los muebles de Ikea, que al terminar de montarlos, aunque siempre te sobra una bolsita con arandelas y tornillos y una de las puertas no cierra, cumple su función.
Porque cuando abra mi blog lo voy a hacer en plan discoteca pija de Puerto Banús, con su zona VIP y acceso limitado a aforo, pero sin champán francés, que cada vez que veo esos reportajes de verano en los beach club de Marbella, con las valkirias en bikini echándose el champán por encima haciendo ensayados gestos de lujuria con los labios siliconados, no puedo evitar pensar en que ahí van otros 100 euros, que a ninguna le da por hacer lo de la ducha sexy con Don Simón. Y no es que yo tenga mente de pobre, es que a los blogueros de moda no nos va el rollo superficial y consumista.
Comentarios potenciados por CComment