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Cuando lo de volar perdió el romanticismo

Milton

Miércoles, 22 de Marzo de 2017

Debo admitir que la idea esa de prohibir los aparatos electrónicos de cierto tamaño en los aviones tiene un doble filo. Y ya saben lo que pasa con los dobles filos, te cortas sí o sí.

Por un lado está el inconveniente de que ya no te puedes llevar en cabina la tele de 40 pulgadas con el ampli del sonido chunchurrund para poder ver el partido; aunque eso tiene de bueno que si eres hincha de uno de esos equipos que pierde siempre, te evitas un mal rato.

Aunque, a decir verdad, a mí me da bastante igual el tema porque yo dejé de coger aviones cuando lo de volar perdió su romanticismo. En mi época lo de ir en avión era casi como vivir en la Golden Mile, hasta te vestías de domingo para viajar y podías llevar en la cabina lo que te diera la gana. Había gente que incluso llevaba niños. Palabrita.

En aquellos tiempos llegabas al aeropuerto y no encontrabas a un montón de gente armada mirándote como si les debieras dinero. Ni un desconocido con cara de malas pulgas te cacheaba con la convicción de que eras un potencial terrorista, que cuando hoy terminas con los controles de seguridad ya ni tienes claro si no existe dentro de ti un Bin Laden latente deseando salir.

Fue una época en la que podías pedirle a la azafata una almohada sin que te denunciara por acoso sexual y hasta repetías panchitos todas las veces que querías mientras te atiborrabas de cervecillas de gratis. Y cuando te bebías el zumo de naranja con amplio espectro laxante, no salías corriendo por el pasillo con el móvil a ver si llegabas al servicio, que es una vulgaridad. Por entonces, te levantabas como un señor, te quitabas la americana y le decías a la elegante azafata: "Give me The Times, please", que era el periódico que tenía el papel más suave. A ver cómo lo haces con un smartphone o con una tablet, que eso debe doler un montón.


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