Disgusto más grande me han dado cuando han dicho en la tele que desaparecen las cabinas telefónicas, lo que sin duda significará la extinción de los insignes gremios de profesionales asociados a esta emblemática herramienta de trabajo.
Porque mi experiencia vital, mi iter vitalis que aunque suene como un derivado de la Viagra no va por ahí, ha caminado siempre de la mano de las cabinas telefónicas.
Recuerdo, cuando aún existía el Telón de Acero, cómo los espías mascullábamos nuestros mensajes en clave en el auricular de alguna cabina perdida en los bajos fondos de cualquier ciudad.
De aquella época viene mi indumentaria de gabardina Buberry’s y sombrero de ala ancha con el cigarrillo en la comisura de los labios, que luego venía otro que no fumaba a usar la cabina y le iba a dar igual.
Gracias a los teléfonos de las cabinas nos contagiamos la misma gripe toda España, que aquel auricular era un cúmulo de armas bacteriológicas de lo más cañí.
Díganme qué va a ser ahora de los asesinos en serie, que llamaban a la Policía para informar de sus fechorías ocultando su identidad en la mugrienta oscuridad de las cabinas.
Y de los que, una vez que cayó el Muro de Berlín, ya no supieron a quien espiar pero se dejaron la gabardina de Buberry’s sin nada más debajo para enseñar sus vergüenzas a adolescentes y acosar telefónicamente a las valkirias que estaban solas en casa.
Recuerden aquellos tiempos en los que, sirviéndote del ruin anonimato de la cabina, llamabas a cualquier número al azar y, cuando respondía una mujer, la acosabas con gemidos guarrunos, de esos que recordaban a la última endodoncia.
Aunque siempre se te acababa el dinero cuando la cosa se iba animando, y al sonar el pitido de que se terminaba el saldo, ella te llamaba rácano y te recomendaba llevar más monedas la próxima vez, que lo de que estés sola en casa y llegue un extraño a animarte telefónicamente para que luego el vil metal te corte el rollo, les sentaba fatal.
Y en eso, las acosadas telefónicamente tenían razón, que te ponen el cuerpo de fiesta y luego quitan la música. Desaprensivos. Algunas hasta se ofrecían a aceptar la llamada a cobro revertido.
Eso es lo que me han contado, que yo no soy de esos.
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