Admito que nunca he sido una persona demasiado dialogante, ni amigo de debates dialécticos, de hecho creo que en esto de las palabras se está produciendo la habitual inflación previa al nacimiento de una burbuja.
Y ya saben que a las burbujas les pasa como a las valkirias exuberantes, que cuando intentas tocarlas estallan y desaparecen, aunque por lo menos la burbuja no te suelta un par de guantás antes de irse.
Es por esta razón por la que siempre intento economizar en palabras, algo que nadie suele hacer, probablemente por esa educación consumista que ha convertido a tanta gente en derrochadores de dialéctica.
Fíjense lo mal que está la cosa que el otro día me pedí un café en un bar y va el camarero y me pregunta si solo o con leche. Y después, ¿qué viene?, que le cuente mi vida porque sí a cualquier desconocido o, peor aún, que me cuente él la suya.
Admito, porque no quiero pasarme de radical, que en el sitio habitual donde me tomo las cañas desde hace 15 años, el camarero comente alguna vez lo del calor que está haciendo este verano. Todos tenemos momentos de debilidad.
Pero una cosa es esa y otra que intenten abusar de mi comprensión, como la última vez que me paró la policía, con esas confianzas que se toman de dónde vive usted, que si ha bebido, que por qué no tiene lo de la itv, que si el seguro. Eso sin conocerme de nada, que algunas de esas preguntas no me las han hecho ni mis exparejas.
Estas, por cierto, son las mayores derrochadoras dialécticas, recuerdo que una vez salí con una gachí que se quejaba de que no había comunicación entre nosotros, así que, con mi habitual generosidad y toda la ilusión del mundo, por Navidad le regalé un juego de banderas de la Marina para que me hiciera señales de morse. Pero el caro, el que viene con chaleco salvavidas por si se está hundiendo el barco. Pues va y se pone a llorar.
Si eso es lo que pasa con los derrochadores dialécticos, que ni saben lo que dicen ni lo que quieren.
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