Ya no queda mucho verano, los borjamaris han comenzado su costumbre migratoria hacia Majadahonda y Las Rozas antes de que el frío invierno extienda su manto sobre la Golden Mile.
Los nativos, curtidos en la dureza de este paisaje, nos mentalizamos para el rigor de los próximos meses. Como siempre, he empezado a preparar el trineo y a afilar los arpones.
Recuerdo aquel mes de diciembre de hace algunos años cuando, estando en la parada de autobús, me atacó un oso polar. Yo sin arpón, ni el cuchillo, ni arco, ni nada, que me vi devorado por la bestia.
Entonces, levantó la zarpa para asestarme el mortal golpe y resultó ser mi vecina del segundo, con su abrigo de pieles falso, que estaba alzando la mano para saludarme. Y yo que pensaba que estaría hibernando. Arpía. Sobrevivir en invierno en la yerma Golden Mile no es fácil.
Tampoco he olvidado la vez en que un inspector de Disciplina Urbanística me abrió un expediente cuando me pilló construyendo un iglú en la zona ajardinada de la rotonda de Ashmawi. Con la pasta que me había gastado en saquitos de hielo.
Yo intentando convencerle de que era como los castillitos que hacen los niños en la orilla, pero en plan otoño-invierno.
Y el funcionario, que no se fiaba, insistía en que no sabía de ningún iglú con tres dormitorios, dos baños, amplias terrazas, garaje y piscina.
Le expliqué que la piscina era para atraer a las focas y arponearlas en el agua con el fin de utilizar luego su grasa para cubrirme el cuerpo y sobrevivir al frío, que eso lo había visto yo en los programas de National Geographic. Y el inspector erre que erre, que eso era mentira y acabó multándome.
El típico abuso de poder para acabar con las ancestrales costumbres de las tribus indígenas de la Golden Mile, porque ése seguro que no había visto un programa de National Geographic en su vida. Si llevaba una camisa acrílica y zapatos imitando a piel, de esos de mercadillo, ¿de qué iba a tener el Canal Plus de pago?
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